David Alonso De la Cruz

jueves, 18 de agosto de 2011

De MUJERES PERVERSAS en la historia.

Que haya tocado este tema, estoy seguro que no lo dudaran por que lo hago ahora, dándole en debido énfasis, ya que está relacionado también con el tema de Lucrecia Borgia, ambas lamentablemente hisome recordar, aquella breve conversación que tuve hace un mes y medio vía FACEBOOK con una "jóven" que creí confiaba en mi por el grado de sinceridad que le otorgué en un instante de su vida precipitada, confiándole. Y UNA VEZ más, como en la historia Universal, se repite la pérfidia enclavada en el ADN de ciertas mujeres con sus actitudes, como Isabel La Cátolica, comparo hoy.



Isabel la Católica la HITLER del siglo XV




















Condenó a la hoguera a más de dos mil personas y el olor a carne quemada llegó a ser esfixiante. En 1492, tomó una de sus decisiones más contundentes: expulsó de España al pueblo judio, que llevaba allí más de 1500 años.



Esta histórica figura femenina, Führer del siglo XV, es uno de los estandartes civiles y eclesiásticos de España. En 1958, el arzobispo de Valladolid inició un proceso para convertirla en santa, con el apoyo del Generalísimo Francisco Franco. Al finalizar la guerra civil española, la reina era un símbolo de las glorias de España, pero tras la muerte de Franco se convirtió, para algunos, en un recuerdo maldito del fascismo. Algunos judíos y musulmanes comparan sus estrategias de persecución con las de Hitler, y consideran que, incluso, fueron fuente de inspiración para el NAZISMO. No obstante, Isabel se diferenció al permitir que sus perseguidos pudieran intentar salvar sus vidas y evitar el destierro al convertirse en católicos. Las facciones más liberales de la Iglesia Católica la señalan como la madre de la Inquisición española y la culpan de haber impuesto con sangre la fe católica, así como de haber iniciado la destrucción de los pueblos indígenas de América.

No obstante, la fama de esta mujer trascendió, al grado de ser considerada una de las más representativas de la historia occidental. Isabel perteneció a la familia de los Trastámaras. Nacida el 22 de abril de 1451, en el pueblo de Madrigal de las Altas Torres, su madre fue Isabel de Portugal, segunda esposa de Juan II de Castilla, de quien Isabel la Católica fue su tercera hija. Isabel mostró su fervor religioso desde su infancia y visitaba asiduamente a su confesor, a pesar de ser muy joven. De tez clara y mirada azul inescrutable, profundas y temibles convicciones la harían inmune a los lamentos de los infieles torturados en los sótanos inquisitoriales.


Lo que algunos interpretan como los inicios de una vida virtuosa, otros lo ven como una existencia taimada y socarrona, que cubría tras los velos religiosos una desmedida ambición entremezclada con una profunda y arrogante intolerancia.

Con su rostro pálido y su cabello rubio, la joven consagró muchísimas horas a la oración.


En 1464, Enrique IV eligió a Tomás de Torquemada como confesor y TUTOR de Isabel, y el intolerante clérigo encontró en Isabel una alumna bien dispuesta a escucharle y seguir sus estrictas pautas religiosas. El fervor que ardía en la mirada de lal joven discipula era sincero. En cuanto estuvo a su alcance, cumplió a cabalidad y con la mayor buena fe y voluntad los deseos de su tutor, persiguiendo a los ochenta mil judíos que habitaban en España; expulsó a los moros, persiguió a los protestantes y a todos aquellos cristianos que practicaran la verdadera fe de forma dudosa o cuestionable al cometer sodomía, bigamia o incurrir en supersticiones. Isabel no era heredera legítima al trono de Castilla; podría decirse que no nació para ser reina; no obstante, vio la forma de amañar las situaciones mediante intrigas que supo aprovechar a su favor. El trono le correspondía a Juana, la hija de Enrique IV. Algunos dicen que fue ella quien divulgó los rumores acerca de que Juana no era hija legítima, sino el fruto de un oculto romance entre la esposa de Enrique y el valido del rey; Beltrán de la Cueva. Por ese motivo Juana era llamada la beltraneja, y a su padre, Enrique el impotente.

Isabel no sólo enlodó el nombre de Juana, sino que se encargó de arreglar su propia historia para legitimar su ascenso al trono. Es así como surge, sin que haya ningún documento que lo respalde, la historia del Pacto de Toros de Guisando, un supuesto acuerdo de 1468, entre Isabel y Enrique IV. Se contó que un 19 de septiembre salió Isabel en su caballo blanco, a la edad de 17 años, con su hermano Enrique IV, hacer las paces y ser nombrada heredera y sucesora del trono de Castilla.

La sucesora advenediza recibió de Enrique un gran patrimonio y se comprometió a casarse sólo con la aprobación de éste, cosa que no cumplió; su matrimonio era de vital importancia, ya que como princesa de Asturias sus nupcias eran más un asunto político que amoroso. Existieron varios candidatos: Alfonso V de Portugal y Don Pedro Girón, maestre de Calatrava, entre ellos. Del último se dijo que Isabel lo envenenó para noo tener que casarse con él. La princesa ya tenía organizado su futuro, y aparentemente Don Pedro era un anciano muy insistente, por lo que su desaparición le fue propicia.

Finalmente, Isabel eligió a Fernando, el heredero de la corona de Aragón. Es con él con quien Isabel cree poder alcanzar el protagonismo en la historia que ella desea; la suya es una pasión política. Unir a España en una sola nación es factible con Fernando de Aragón como esposo.

Es indiscutible que el motivo por el cual la reina apoyaba a la Inquisición era una sincera piedad.

En adelante vendrían los aspectos más dramáticos de los actos de isabel, determinados por sus obsesión de robustecer el poder real. Uno de los primeros reflejos de la visión de unidad absoluta y de autoridad que buscaba Isabel es la constitución de la Santa Hermandad, en 1476, con fines de índole policial y judicial. Esta institución, mediante métodos despiadados y sin juicio alguno, condenaba a la anarquía y castigaba los delitos que los tribunales ordinarios no habían logrado contener. Posteriormente, la Inquisición llevaría al ámbito religioso los oscuros y deplorables métodos que hacían que un señalado, por lo general sin pruebas, tuviera pocas posibilidades de sobrevivir.

La Santa Hermandad era entonces un cuerpo oficial discreto; no era un ejército regular, con derecho a implantar justicia, incluso la pena de muerte, a su propio criterio; reducía el poder de los alcaldes y demás nobles, garantizando el trono a la Reina. Los abusos por parte de la Santa Hermandad no se hicieron esperar. El evidente interés de la Corona por quedarse con la riqueza de las victimas hizo que la Inquisición española fuese particularmente feroz y desgarradora. Conversos y judíos eran propietarios de numerosos bienes de los que la avaricia de la Corona tomó posesión.

Además, los métodos de delación y tortura no tenían precedentes. El unir de tal modo la religión y la política, pretendiendo darles a los actos de la Inquisición una apariencia de buenas obras o de actos justos, así como el perseguir a todo aquel que no profesase la fe católica de la manera en que algunos determinaron que debería ser la correcta, fue particularmente aberrante y perverso. Es claro que la Inquisición no contaba con el apoyo general y que algunos de los asesores de la reina trataron de impedir que siguiera manteniéndola.

Para 1480, Isabel, asesorada por religiosos, llegó a la conclusión de que los más pernicioso eran los judaizantes; es decir, aquellos que para evitar las restricciones que se habían impuesto contra los judíos, como no vender comida o llevar a cabo matrimonios mixtos, se hacían pasar por cristianos. La Inquisición puso entonces en práctica una política de expulsiones parciales, es decir, de ciertas regiones, con el fin de separar a los judios de sus hermanos conversos. Isabel abolió la libertad de cultos y creó un nuevo problema dentro de la estructura de la sociedad cristiana. Cuando las expulsiones locales ya habían resultado un fracaso para detener las herejías de los conversos, la corona decidió tomar la medida más drástica de todas las adoptadas hasta entonces: La expulsión total de los judíos. Fue una decisión sin precedentes en la historia europea. Los judíos que habían sido expulsados de otros países en la época medieval habían sido muy reducidos; En España, en cambio, habían sido parte significativa y próspera de la sociedad. El año de 1492 fue sin duda un momento definitivo: la toma del reino Nazarí de Granada seguía el camino hacia la completa unidad religiosa, pues con la entrada triunfal de los Reyes Católicos en Granada caía el último bastión del poder musulmán en España, el 2 de enero del 1492. En mayo de 1492 comenzó el gran éxodo. Trescientas mil personas fueron obligadas a abandonar España, destruyendo así definitivamente sus vidas, dejando atrás sus raíces y su tierra. A partir de entonces, la vieja preocupación acerca de los nuevos cristianos se transformó en una obsesión contra aquellos que permanecían en España. Se prohibió a los conversos, llamados despectivamente marranos, y a sus descendientes, ejercer cargos públicos, así como pertenecer a corporaciones, colegios u órdenes; a estos solo deberían pertenecer aquellos que tuvieran una ascendencia impecable, libre de sospecha de tener antepasados judíos. Con el paso del tiempo aumentaron los esfuerzos para que se mantuviera claridad en esa "limpieza de sangre". Es interesante notar que incluso el inquisidor general Torquemada, así como muchos nobles de España, tenían un pasado dudoso con ancestros conversos. En el caso de Torquemada, su tío Juan de Torquemada era de reconocido origen converso. Todos los bienes confiscados a los judíos pasaron a manos de la Corona. Tiempo después, incluso se llegó a decir que el dinero con el cual se efectuó la expedición de Colón noo era producto de la venta de las joyas de la reina, como aún dicen muchos textos escolares, sino que tales recursos provenían de aquello que se recaudó y se les confiscó a los judíos.

Isabel financió el viaje de Colón, que se embarcó el 3 de agosto de 1492 de Palos de Moguer, no empeñando sus joyas, sino con el dinero confiscado a los judíos, que tenían justo hasta ese 30 de julio de 1492 para abandonar España, y con las finanzas de algunos conversos. *- (Haim Eliahu, CARTAS, Vol. II)

La Historía luego nos confirmarían todo los actos vergonzosos que cometió el Tribunal de la Santa Inquisición al instaurarse el cátolicismo en el nuevo mundo, entre los indios aborigenes, y robarse todo el oro de America. Tras el edicto de expulsión de los judíos, Francisco de Cisneros se convierte en confesor de la reina Isabel, quíen había quedado impresionada por su figura.




*Para los que quieran contactarme y escribirme, pueden hacerlo en: delacruzmarin@gmail.com

1 comentario:

Emilia Catalina dijo...

Siempre creí que Isabel la católica fue una reina indulgente, cuando era todo lo contrario!! Una ambiciosa total que usaba como escudo la religión para todos sus actos ruines.

Buen post =)