David Alonso De la Cruz

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viernes, 3 de diciembre de 2010

Simplemente cándida la niña terrible

SILVIA
“Dicen que mis hijas han suprimido mi apellido en sus páginas de Facebook. Eso lo hicieron hace dos o tres años, cuando crearon sus cuentas. Decidieron llamarse en Facebook Camila B. Masías y Paola B. Masías por seguridad y para no llamar la atención. De manera que es falso y malicioso decir que han eliminado hoy mi apellido, ellas usan esas cuentas hace años. Abrazos, Jaime”

Sin embargo en la ultimas horas Camila Bayly decidió cambiar totalmente su nombre en Facebook a "Amelie Bonner". Suponemos que por las infinidades de solicitudes de amistad que le deben de haber llegado.












Cuando tenía nueve años, se ponía un par de medias muy abultadas en los pechos y un sostén ajustado y salía a caminar para que le mirasen las tetas de mentira. Cuando tenía doce años, las señoras de su edificio no permitían que fuese amiga de sus hijas porque le tenían miedo. Cuando cumplió trece, les exigió a sus padres que le comprasen una perra que terminó siendo llamada Benita, presumiblemente lesbiana, una fox terrier, madre de cinco hijos que le fueron arrebatados para ser regalados o vendidos aun siendo cachorritos (trauma no menor al que tuvo que soportar cuando fue literalmente violada por un perro lujurioso de su raza, que la subyugó, montó y dejó preñada mientras ella emitía unos gemidos quejumbrosos), perra que suele orinar y defecar en medio de la mera pista por la que pasan los autos y los buses, sin que ello parezca darle miedo a la extraña y señorial Benita. Cuando tenía quince años, se subió a una combi y se dio cuenta que no tenía plata para pagar el pasaje y el chico que iba a su lado le dio la plata y la salvó del bochorno. Se enamoró a los catorce años de un chico muy guapo del club Regatas de Lima, Tonny, que corría olas y montaba moto y se rompía los huesos una vez al mes (fue feliz con ese chico los primeros dos años, luego fue una creciente agonía soportarlo los últimos dos, cuando ella descubrió que él le mentía, que se iba de putas, que la amenazaba con suicidarse y entonces ella le decía “todo bien si saltas del balcón, pero que no sea en mi edificio, por favor, mejor si te vas al tuyo y saltas allá y no me dejas la puerta de mi edificio toda manchada de sangre”; desde luego el chico nunca saltó de ningún balcón, y casi mejor así). Cuando tenía quince años, sentía que su papá la odiaba y su mamá también porque ambos querían que se fuera a estudiar el bachillerato en Alemania (estudiaba en un colegio alemán de Lima, el Humboldt, y hablaba la enrevesada lengua alemana con fluidez) y ella sentía que ese viaje, concebido y planeado meticulosamente por sus padres, era un grave error que no quería cometer y que si lo cometía solo para complacerlos no podría recuperarse nunca del traspié, de ese paso en falso. Sus padres se decepcionaron grandemente cuando no fue a estudiar a Alemania y tal vez aquella fue la primera de las varias decepciones que fueron permitiendo que ellos, dos profesionales de éxito, personas buenas y tranquilas, conocieran mejor a su hija, quien, para rebelarse de la pretensión de sus padres de mandarla a estudiar a Alemania, asistía a sus clases del colegio en Lima sin cuadernos y no tomaba apuntes de nada y miraba a todos como si fuera de otro planeta (y en cierto modo yo tengo muy claro que lo es y es precisamente por eso que me gusta tanto). Porque sin duda sus padres también se decepcionaron cuando les dijo que no quería estudiar en la Universidad de Lima pues, en realidad, y basta de hipocresías, no quería estudiar nada (entonces estudiaba sicología y se quedaba dormida en las clases) porque quería escribir una novela (en realidad quería pasarse el resto de su vida escribiendo una novela y otra novela y otra más, y ya está en ello, gracias a su coraje y su talento, y su nueva novela, “Hay una chica en mi sopa”, saldrá en enero con Planeta). Yo la conocí entonces por uno de esos caprichos del azar y tuve la certeza de que esa mujer, Silvia, era, para bien o para mal, una escritora de raza, una escritora maldita, una escritora condenada a serlo y que a pesar de que era muy joven (tenía apenas diecinueve años y parecía aún menor) ya lo presentía con aterradora lucidez y no podría escapar de esa servidumbre a menudo cruel, la de sentir el destino turbulento del escritor. Diría entonces que las decepciones que sus padres se han llevado de Silvia les han permitido paradójicamente entenderla mejor y quererla más. Porque otra decepción para ellos, que son mis amigos aunque no los conozco todavía, fue sin duda que empezara a ser mi amiga o que se arriesgara a ser mi amiga, riesgo que terminó previsiblemente (dada su belleza y mi natural pasión por ella) con que Silvia quedase embarazada de mí (“tú, la que decías que no serías mamá nunca”, le dijo sarcásticamente su padre, al enterarse del embarazo de Silvia, los primeros días de agosto pasado, exactamente el martes 3 de agosto) y que permitió que floreciera en su madre, llamada Silvia como ella, un poderoso instinto maternal con el bebé de su hija, un bebé que la madre de Silvia siente casi como si fuera suyo (lo que es sin duda una buena señal, una señal de que el bebé será muy querido y muy mimado y muy bienvenido en este mundo en el que nos peleamos por tonterías y nos olvidamos de darnos un poco de cariño). Silvia estornuda a menudo (aunque sus estornudos son apenas perceptibles al oído humano). Come poco, realmente poco, casi como un canario o un pajarito. Nunca la he escuchado expulsar un gas, deshacerse sigilosamente de una flatulencia. Se sabe las letras de muchas canciones en inglés, sobre todo las de Avril y Pink (que, como ella, está embarazada). Tiene probado buen gusto para la música (si no le gustaba Calamaro la cosa no habría podido fluir con ella). Cuando se pone zapatos de taco, se los pega con cinta adhesiva para que no se le salgan, pero en realidad casi nunca se pone zapatos de taco. Está embarazada y no se queja nunca y ama a su bebé de un modo sorprendente (no la veo para nada asustada, lo que me sorprende y entusiasma, pues es muy joven y sin embargo no tiene miedo) y cuando le pregunto si quiere tener al bebé en Lima, en Miami o en otra ciudad, me dice que no lo sabe, que le da igual, que mejor lo decida yo, lo que me hace pensar que sin duda lo tendremos en Miami, pues yo quiero pasar un año entero en Miami sin subirme a un avión, y ese año ha comenzado oficialmente el 15 de noviembre pasado, cuando comenzó mi nuevo programa en Mega, y que hay algo raro y hechicero en esa curiosa mujer, Silvia, que tiene tanto de niña como de loca. Por eso es que mucho me temo que no podré alejarme nunca de ella, porque siempre me sorprende con su memoria elefantiásica para contarme en detalle la vida que hemos vivido o la que ella vivió cuando yo no la conocía o la que vive ahora cuando no estoy con ella escuchándola o escuchando sus canciones o mirándola comer uvas o bailando a solas sin que advierta que la estoy espiando con una sonrisa. Nada de esto estaba en mis planes y es felicidad en estado puro y agradezco a Silvia y a los dioses y sus ángeles y vírgenes que me han bendecido con esta sutil criatura nefelibata y con su bienamado bebé que, si los dioses nos son propicios, nacerá en abril en algún hospital de Miami, donde hace más de quince años nació mi bella hija Paola, la radiante y genial Lola, mi chica linda, y entonces Paola, tiempo al tiempo, tal vez algún día querrá conocer a Zoe o a James, que con suerte nacerá en la misma ciudad que ella, y espero que Camila también, pues Camila es ya una mujer brillante, ingeniosa y divertida, y con solo diecisiete años (nació en agosto de 1993 en el hospital de la universidad de Georgetown, en Washington) a veces siento que sabe de la vida y sus misterios mucho más que yo. ¿Podría tener más suerte? Imposible. Doy gracias a los dioses y a los querubines y a la memoria de mi padre por cuidarme y protegerme y por haber traído a mi vida a Camila y a Paola, dos niñas adorables que están siempre en mi corazón, aunque ahora ya no pueda verlas todos los días, y por haberme sorprendido con la suave y oportuna irrupción de Silvia en mi vida, que ha sido una luz de paz y armonía y que lleva en su vientre a un bebé de más de diez centímetros que ya patea y que se niega a mostrar la entrepierna cuando el ginecólogo quiere saber si es hombre o mujer: quién hubiera dicho que mi bebé habría resultado siendo tan pudoroso.


*Para los que quieran escribirme, pueden hacerlo en:
delacruzmarin@gmail.com

sábado, 10 de abril de 2010

"He sufrido mucho, pero no me arrepiento de lo hecho"

Alfredo Bryce: "He sufrido mucho, pero no me arrepiento de lo hecho"
Una vida de novela (Aguilar) es un libro que celebra sus 70 años y resume la trayectoria de un hombre que vive exageradamente.

Escribir mi nueva novela ha sido un pajazo. Le faltarán unas cien páginas. Debo dejarla reposar, la escribí durante los últimos tres meses, y poquito más y la acababa. Es una historia que tengo en mi cabeza desde que escribí Un mundo para Julius. Su teoría es la siguiente: en el Perú, en América y en el mundo, las más grandes fortunas –claro, las peruanas son enanas, no hemos salido ni en el Forbes latinoamericano, tenemos unos ricos de pacotilla– no duran sino tres generaciones: el que la hace, el que la consolida y el que la derrocha. El último ejemplo conocido es el de la familia Prado”. Así se inicia nuestra conversación sin censura con Alfredo Bryce. Estamos en su “palomar’, un bello estudio que copió –hasta en los muebles, las ventanas y el color de las paredes– de un palacio italiano. Duró cinco horas y terminó con cinco vodka tonics en nuestros cuerpos.

Usted se caracteriza por sus personajes entrañables –Julius, Martín Romaña, Manongo Sterne, Felipe Carrillo–. ¿Quién lo es esta vez?
El abuelo, el que crea la fortuna. Una vez que la hace, y ya viudo, se dedica a la parranda, a juguetear con la vida y a fregar al hijo. Y vive más de cien años, o sea que jode bastante (risas). Es más, muere en una orgía, celebrando sus 101 años y escandalizando a sus hijos.

¿Controló su materia narrativa?
Mis otras novelas estallaban, se iban por las ramas. Esta no. No tengo sino 300 páginas, y con cien más estará terminada. Pero han sido las novelas más largas las que más han gustado.

Quizás porque son como usted: desmesurado, exagerado, y el irse por las ramas les da sentido a las experiencias de sus personajes, tal y como hacía su admirado Stendhal…
Stendhal está detrás de mucho de lo que he escrito. Es uno de los autores que más me fascina, a él vuelvo siempre, sobre todo a La cartuja de Parma, tanto así que, aunque a usted le parezca por esto un cojudo a la vela, cuando la terminé de leer la puse sobre una mesa y empecé a aplaudirla (risas).

Stendhal creó una Italia. Chus Visor dice que usted escribió, en París, historias bien peruanas, pero ambientadas en Francia…
Uno peruaniza todo lo que toca. Vayamos al monstruo, al grande, al poeta Vallejo, que más peruano no podía ser. Cuando tocamos a Vallejo, nos muerde. Es el autor peruano que más releo. De repente estoy escribiendo, me he quedado perdido, me paro, leo un poema de Vallejo y sigo escribiendo. Me siento, con él, muy en el Perú.

¿Qué más le da Vallejo?
Siento que es un poeta que solo los peruanos sabemos leer bien. Qué le pueden interesar a un extranjero versos como: “Fue domingo en las claras orejas de mi burro, de mi burro peruano en el Perú (Perdonen la tristeza)” (risas). Esto solo a los peruanos nos puede conmover. Nadie se ha reído de Vallejo; a lo sumo lo han encontrado incomprensible (risas). Vallejo era un dandy, un hombre súper alegre, con amigos muy ricos, un súper Don Juan, andaba enamorando a todas las chicas de Montparnasse y siempre era novio de alguna panadera para que le diera el primer baguette de la mañana. O sea que comía caliente y a su hora (risas). Lo del Vallejo triste es un mito. Él tuvo dificultades en París, pero, ¡quién no las ha tenido!, y daba consejos para ser un dandy: “No bajen del metro hasta que esté bien parado, porque se gastan los zapatos con el roce de la pista. No se sienten mucho porque sale un brillo en el fundillo (risas)”. Una vez me quedé en una casa que había sido de magnates y me dijeron: “¿Desea quedarse en la habitación de Vallejo o de Neruda?”. Viejo, yo rechacé la oferta porque vaya a saber uno si esas camas estaban desinfectadas: Vallejo tenía tisis, tenía de todo (risas).

¿Quién influenció más su vocación?
Mi madre. Ella fue mi salvadora. Mi padre se opuso profundamente. Tuve muchos problemas con él, pero yo lo quería y entendía: solo tuvo tres hijos hombres, el mayor era un minusválido; el segundo, un gran criollo que no trabajaba, que terminó la primaria con las justas, y yo. Jamás me iba a enfrentar con él. El creía que los hombres venían con su carrera bajo el brazo. Cuando me fui a Europa, mi padre creía que era por un año o dos y que volvería a mi vida “normal’. Pero quien me consiguió la beca para Europa y luchó contra mi padre fue mi madre. En París recibí una carta bellísima de mi padre, quien era el hombre más parco del mundo. Allí me decía: “Entendí, querido hijo, que eres un hombre distinto a mí. Eres tú mi mejor hijo, sigue tu camino, sigue para adelante”. Al poco tiempo murió.

¿Cuánto de ficción hay en sus relatos sobre el real Alfredo Bryce?
Eso no lo sé. En mi vida, la realidad y la ficción están confundidas. Y esto nos pasa a todos los escritores. Hay realistas como Vargas Llosa, que no inventa nada. Otros, como García Márquez, que todo lo inventan. El Gabo es el más grande mentiroso de la Tierra.

La mamá de Gabo dijo que Vargas Llosa era más mentiroso que su hijo…
La vieja defendió mal a su hijo. Por decir que Mario no tenía palabra, terminó echándole una flor a Vargas Llosa.

¿Usted también es un mentiroso?
También (risas). Mentiroso era yo desde chico. Recuerde que soy hijo de Arnaldo Alvarado, el corredor de autos. Cuando mis compañeros se enteraron de que no lo era sintieron pena, pues la historia era entretenidísima (risas).

¿Se arrepiente de su vida exagerada?
He pegado patinazos, he sufrido mucho, pero no me arrepiento porque todas las personas que he querido allí están, a mi lado, las sigo viendo. Incluso a mi amor prohibido en Francia…

Una noble, cuya familia lo trataba de miserable…
Exacto. Yo trataba de probarles que acá era “hijo de’ y me decían: “Váyase a la mierda” (risas).

Pero fue correspondido…
Muy correspondido… hasta hoy. Pegué capotazos y clavé la espada (risas).
Por Gonzalo Pajares Cruzado.


Alfredo Bryce: "El plagio es un homenaje"
El escritor peruano habla sobre los 32 plagios que realizó y que Perú.21 denunció. Aquí la defensa del narrador.

Corrían los primeros días de julio de 2006 y una denuncia remeció, como un temblor, el ambiente literario: Herbert Morote, un ensayista y dramaturgo peruano, denunció a su amigo Alfredo Bryce por plagiar extractos de su texto inédito Pero… ¿tiene el Perú salvación? Bryce negó la acusación y llamó a Morote desleal.

Pero el terremoto llegó en marzo de 2007. Esta vez, el embajador Oswaldo de Rivero acusó al novelista de haber plagiado su texto Potencias sin poder. Bryce aceptó su culpa y responsabilizó a su secretaria. El 22 de marzo de 2007, Perú.21 hizo públicos tres plagios más (todos a periodistas españoles de La Vanguardia).

A lo largo de ese año y del 2008 –y con la ayuda de la chilena María Soledad de la Cerda–, Perú.21 denunció, en total, 32 plagios. El último, a su amigo Fernando Carvallo, fue hecho público en enero de 2009, justo cuando Indecopi multó a Bryce con S/177,500 por plagiar 16 textos. Aquí, la defensa del narrador.

¿Llegó el momento de reconocer sus plagios y de ofrecer disculpas?
Pero yo no he plagiado nada. No puedo ofrecer disculpas. Me han armado un lío, un juicio que he apelado, y espero que esto algún día se aclare. A mí no se me notificó, algo inconstitucional…

Los argumentos de su defensa son que fue mal notificado y que Indecopi no tiene competencia, pues los artículos plagiados fueron publicados fuera. Eso es un asunto de forma. Perú.21 investigó el fondo y descubrió que no son ni uno ni dos, sino 32 textos…
… Que he escrito yo. ¿Quién se ha quejado? Nadie.

Sí se han quejado, empezando por el señor Willy Niño, a quien usted le plagió un texto sobre Cortázar.
Mira, viejo, sobre Cortázar he dictado clases antes de que nacieras.

Por eso, ¿por qué copiar un texto sobre alguien del que sabe tanto?
Es que no lo copié. En Oiga, donde se publicó, mezclaron los textos de Willy con algo mío. Es un error del archivo de la revista. Él (refiriéndose a Willy Niño) se lanzó contra mí –siendo un íntimo amigo mío– y, luego, se dio cuenta de que había metido la pata.

Es que sus amigos y sus lectores lo quieren y le perdonan todo.
Qué querido, si me han dado de alma.

También plagió un texto de otro amigo suyo, el señor Fernando Carvallo…
Él aclaró que ese texto lo habíamos escrito juntos…

Yo hablé con él y me dijo: “Soy muy amigo de Bryce, hemos compartido tantas cosas y, por esta amistad y lealtad, no voy a decir nada contra él”…
Mire, yo he podido escribir 600 textos como el de Carvallo.

Entonces, ¿por qué lo plagió? Yo me comuniqué con los españoles Jordi Cebria y Víctor Cabré, quienes me confirmaron que usted les plagió el texto La estupidez perjudica seriamente la salud. Igual con Jordi Urgell, a quien le copió América Latina: ¿regresando al pasado para enfrentar el futuro? Usted plagia desde los 80…
Si me culpan de plagiar 32 artículos, pruébenlo. No me han probado nada.

Las pruebas están allí. Indecopi lo ha multado. La revista Jano, de donde tomó muchos de sus plagios, me confirmó las fechas de publicación de estos textos, y todos eran anteriores a los ‘suyos’. Eso es plagio.
El plagio, como decía Borges, es incluso un homenaje. Borges le plagió a medio mundo. Yo no siento haber plagiado a nadie. El texto de Willy Niño es un trocito así (y, con los dedos, marca unos tres centímetros), el resto es mío.

Usted ha dado varias excusas. Primero dijo que había sido su secretaria.
En efecto, fue ella.

Pero luego usted dijo, en Caretas, “la secretaria fui yo”…
Eso puede haber sido una distorsión periodística. No puedo decir que los periodistas son ángeles.

Luego dijo que era una campaña fujimontesinista…
Me refería al ambiente, no a que lo hayan hecho o Fujimori o Montesinos. Lo que quería decir era que ellos dejaron un ambiente podrido en la prensa. Y no voy a decir que sea el caso de Perú.21, pero sí de los diarios chicha.

Señor Bryce, yo hice la investigación, y no soy fujimontesinista. Si reconoce que plagió no será menos escritor…
Mira, viejo, si quieren que me disculpe por algo que no hice, me disculparé; pero yo no siento haber plagiado a nadie. Esto algún día se aclarará. Acá ha habido un montaje siniestro.

Sí reconoció un plagio: el que hizo contra el embajador Oswaldo de Rivero.
Ese fue un error. Le escribí, y allí sí me disculpé e hice público mi error.

Si usted es inocente, ¿por qué Caretas, después del plagio contra Carvallo, dejó de publicar sus textos?
La razón es que mis textos eran muy largos y nos les gustaban. Además, no los publicaban porque estaban muy mal económicamente… esa es la razón que me dieron. Si usted supiera la cantidad de artículos míos plagiados…

Que otros pequen no lo hace santo.
Si cree que son textos de otros y no míos, está en su derecho.

No lo creo, lo he comprobado.
Otros me han dicho, “si has cometido este error, reconócelo”; pero yo no considero que haya plagiado a nadie. No le dejo de dar la razón a usted; sin embargo, no acepto que esto sea la total realidad. No le estoy diciendo que miente –por favor, entiéndame bien–; pero quiere que acepte algo que no puedo aceptar. Cuando me equivoco, lo acepto.

¿Cree que yo soy parte del ambiente podrido que denuncia?
No, viejo, haces tu trabajo y actúas de buena fe. Solo estás equivocado.

¿Sigo siendo su amigo?
Por supuesto. No niego la amabilidad de su entrevista. Esta es muy sincera y usted la quiere acabar con una confesión que yo no estoy dispuesto a dar. Yo no puedo ir en contra de mi verdad.
Le confieso, señor Bryce, que lo admiro como escritor, que lo quiero como amigo; pero hoy lo respeto menos.
Qué se va a hacer, lo siento muchísimo; pero si hago lo que usted pide, a lo mejor, pierdo más que su afecto.
Por Gonzalo Pajares.

lunes, 18 de enero de 2010

Borges y el misterio de Swedenborg

Entrevista a Jorge Luis Borges sobre el visionario sueco
Entrevista de Christian Wildner (*) con Jorge Luis Borges sobre el científico y visionario suecoA continuación una entrevista realizada por Christian Wildner en 1984 a Jorge Luis Borges sobre el místico sueco que pretendió difundir un conocimiento exhaustivo de las jerarquías angélicas de los cielos y las presencias demoníacas del Infierno. Emanuel Swedenborg (Estocolmo, 1688-Londres, 1772) brilló, en la primera etapa de su vida, en el terreno de las ciencias. La última etapa de su obra explora el mundo de lo invisible con rigurosa precisión científica. Para profundizar en la vida y obra de Swedenborg recomendamos una conferencia borgeana de la que damos precisiones al final de estas breves palabras preliminares. La entrevista con Borges que aquí se presenta en torno al extraordinario sueco integra el prólogo de la edición castellana de una obra esencial de Emanuel Swedenborg: El Cielo y sus Maravillas y el Infierno, editado por editorial Kier en Buenos Aires, en 1991. Christian Wildner es también autor de la traducción de la mencionada obra, que posee el mérito adicional de ser la primera traducción completa en castellano. El título original de la obra es De Caelo et Ejus Mirabilibus et de Inferno que fue publicada por primera vez en Londres, en 1758, en latín. Luego, hubo una versión inglesa: Heaven and its Wonders and Hell, traducido por John C. Ager, que fue publicada por la Swedenborg Foundation en 1963. Esta entrevista con Jorges Luis Borges a propósito de la metafísica exploración de Swedenborg del cielo y el infierno puede ser ampliada mediante otros momentos de la obra borgiana. Estos son: 1) Dentro de la obra Prólogos con un Prólogo de Prólogos podrán hallar un prólogo borgeano a los Mystical works de Swedenborg. Fuente: Prólogo a Emanuel Swedenborg en Prólogo con un Prólogo de Prólogos (1975) en Jorge Luis Borges, Obras completas, IV, Buenos Aires, Emecé, 1996. pp. 142-150. 2) El 16 de junio de 1978 Borges le dedica una notable conferencia en torno a la vida y obra de Emanuel Swedenborg donde manifiesta que acaso el visionario sueco fue la personalidad más extraordinaria de la historia. Fuente: Conferencia sobre Emanuel Swedenborg, en Borges oral (1979) en Jorge Luis Borges, Obras completas, IV, Buenos Aires, Emecé, 1996, pp.180-197. También es de destacar el ensayo que a Swedenborg le dedica Ralph Waldo Emerson, el gran ensayista norteamericano, en su trascendente obra Hombres representativos. Fuente: Ralph Walso Emerson, "Swedenborg o el místico", en Hombres representativos, Buenos Aires, Losada, 1991, pp.66-101. Y tampoco olvidemos la novela de Honorato de Balzac inspirada en el místico sueco: Serafita. En lengua castellana, de esta obra existe una versión de Editorial Iberia S.A, con traducción del francés de Eduardo Pons Prades. E.I (*) Pedimos disculpas al Sr. Christian Wildner por la involuntaria no consignación anterior de su autoría de la entrevista y prólogo de la traducción completa por él mismo realizada de Emanuel Swedenborg, El Cielo y sus Maravillas y el Infierno, Buenos Aires, 1991, Editorial Kier. Esta traducción de la obra del místico sueco es la primera traducción completa en lengua castellana. Como ya se consignó, la entrevista es del año 1984 y la publicación de la traducción de 1991. E.I
BORGES Y EL MISTERIO DE SWEDENBORG
"Voltaire dijo que el hombre más extraordinario que registra la historia fue Carlos XII. Yo diría: quizá el hombre más extraordinario -si es que admitimos esos superlativos- fue el más misterioso de los súbditos de Carlos XII, Emanuel Swedenborg". Éstas son las palabras inaugurales de Borges en la conferencia que pronunciara en la Universidad de Belgrano sobre el místico sueco. Por la misma época en que leía la versión escrita de esa conferencia, llegaba casualmente a mis manos una novela de Balzac, una novela mística, inspirada justamente en Swedenborg: Serafita. Algún tiempo después, volví a encontrar su nombre, en una vieja colección de ensayos de Paul Valery. Habiendo agotado mis esfuerzos por hallar textos de Swedenborg en español, finalmente, y también de manera casual, di con una biografíasuya en inglés en la librería Strand de New York. Después de leerla, volví a la Strand, buscando ahora libros escritos por Swedenborg. No hallé ninguno. Por suerte un librero me informó que existía una Fundación Cultural que llevaba su nombre. Y que esa Fundación se dedicaba casi exclusivamente a la publicación de sus obras. Ahora podía elegir. Y obedeciendo a mi natural disposición, comencé a leer sus escritos teológicos y místicos. Quedé maravillado. Durante casi tres años, alternaba toda otra lectura, con su prosa sosegada, coloquial y minuciosa. Pude leer su Arcana Coelestia, donde expone lo que él llama el sentido interno o espiritual de los dos primeros Libros de la Biblia; su cosmogónica doctrina de las correspondencias; sus travesías por el mundo espiritual; y sus habituales diálogos con los espíritus, los demonios y los ángeles. Y toda esta íntima aventura del espíritu, es protagonizada por un hombre que al llegar a los cincuenta años era considerado como uno de los científicos más eminentes de su tiempo. Desde entonces, desde que descubrí el fabuloso mundo de Swedenborg, me propuse acercarme a Borges, para agradecerle el hallazgo, y para conversar con él (para oírlo hablar a él) sobre el tema. Cuando llegamos a la casa de Borges -nos había citado a las cinco de la tarde- interrumpimos una suerte de ceremonia todavía habitual entre ciertas familias; la ceremonia del té. En mangas de camisa, una impecable camisa blanca; erguido, Borges no se inclinaba para aproximarse a la taza: la elevaba hacia él, por así decirlo, como si se tratara de algún instrumento ritual. Apenas notó nuestra presencia; sin apresurarse, volvió a dejarla sobre la mesa con el mismo ademán mesurado y casi solemne. Entonces se puso de pie; y ahora sí, inclinó levemente la cabeza dándonos la bienvenida. Al mismo tiempo que nos hacía pasar a la sala con expresiones de auténtica y espontánea cortesía, volvió a tomar asiento luego de excusarse. En seguida, acompañado por la doméstica, salió de la sala. La desenvoltura, la natural simpatía, y la afabilidad de su trato, neutralizaron de entrada esa fastidiosa sensación opresiva de los prolegómenos. Cuando regresó, lucía un regio traje de color pardo claro, se había puesto una corbata de un tono algo más oscuro, y empuñaba su emblemático bastón. Ahora nos recibía como anfitrión, con todas las de la ley; había cambiado su atuendo para cumplir con otra ceremonia, la ceremonia de la hospitalidad. Se sentó en el amplio sillón de la sala, enfrente al mío, e inmediatamente recordó el tema que habíamos hablado un año atrás en el salón de lectura de la New York Library. Era el mismo que evocaríamos ahora, aquí en Buenos Aires, en su departamento de la calle Maipú; un tema recóndito y fascinante: Emanuel Swedenborg. Y Borges no aguardó la primera pregunta, era evidente que se trataba de una de sus ocupaciones predilectas: El Misterio. -"Yo escribí un prólogo a un libro sobre Swedenborg a instancias del Sr. Spiers, de la Fundación Swedenborg. Y tengo en proyecto (claro que a mi edad los proyectos son un tanto aleatorios) un libro sobre las tres salvaciones; la primera es la de Cristo, que es de carácter ético; la segunda es la de Swedenborg, que es ética e intelectual; y la tercera es la de Blake, discípulo rebelde de Swedenborg, que es ética, intelectual y estética, que se basa en las parábolas de Cristo, que él dice que son obras de arte".-Usted ya me había comentado cuando lo vi en Nueva York que pensaba escribir un libro sobre Swedenborg... -"Sí, pero ahora he pensado, que es mejor hacerlo de ese modo. Comenzando con Jesús, luego Swedenborg y luego Blake. Sería más fácil hacerlo así, ya que no se necesitarían tantos textos. Tengo la edición de Everyman's Library (cuatro volúmenes), un par de biografías, un libro por un especialista escrito en sueco y vertido al inglés ... ¿Usted quería hacerme una pregunta?" -Si. En primer lugar, me gustaría saber de qué manera conoció usted a Swedenborg.-"Lo conocí por Emerson. Porque Emerson tiene un libro: "Representative Men". Ese libro está escrito un poco a la manera de 'On Heroes Heroworship and the Heroic In History', de Carlyle, que fue de algún modo su maestro; entonces, él toma distintos tipos humanos. Recuerdo que son: Montaigne o el escéptico, Swedenborg o el místico, Shakespeare o el poeta, Napoleón o el hombre del mundo y Goethe o el escritor. Yo comencé leyendo ese libro. Ese libro lo leí en Ginebra en el año 14 o 15; y luego, mi padre tenía un ejemplar de 'Heaven and HeIl', Caelo et Inferno'; él lo tenía en una edición de la Everyman's Library. Bien, yo leí ese libro y encargué a Inglaterra los otros tres publicados por la misma editorial. Publicaron cuatro libros de Swedenborg de acuerdo con la Sociedad Swedenborg de Londres. Y luego en francés conozco solamente una versión de Caelo et lnferno'. Swedenborg fue a Inglaterra porque quería conocer a Newton, y finalmente no pudo lograrlo, qué raro, eh?Yo he hablado mucho sobre Swedenborg con el pintor y místico argentino Xul Solar, yo era muy amigo de Xul, iba a casa de él en la calle Laprida 1214, y leíamos a Swedenborg, leíamos a Blake, leíamos a los poetas alemanes, leíamos al poeta inglés Swinburne y muchos otros textos".-¿Qué impresión le dio la manera en que escribe Swedenborg? -"Bueno. Generalmente, los místicos, tienden a escribir de un modo vago; él no. La obra de él es..., yo no diré prosaica, pero sí precisa. Es un poco..., como si él hubiera ido a la China, o hubiera ido a la India y describiera lo que ha visto."-Como un científico...-"Sí, claro. El llevó esa... casi aridez, esa sequedad, esa precisión, a sus descripciones. Generalmente cuando se habla de éxtasis, se usan metáforas del amor, o metáforas del vino, metáforas arrebatadas. Pero en el caso de él no. El no busca efectos patéticos. El describe lo que ha visto. En relación a esto recuerdo algo que me dijo Xul: 'Lo que se ve en el otro mundo depende un poco de uno'. Hay un poema muy lindo de Victor Hugo que expresa muy bien esta imagen: 'Ce que dit la Bouche d'ombre', "Lo que dice la Boca de sombra"; el mismo espectro que le dice a Nerón 'Soy Mesalina', le dice a Caín 'soy Abel'. Del mismo modo, las visiones de los místicos musulmanes, de los sufíes, no concuerdan con las de los cristianos. Quiere decir que hay como fuerzas o espíritus que cada uno ve de acuerdo con sus prejuicios oconocimientos. Posiblemente esos mismos ángeles, ese mismo Cristo, que él vio de ese modo, fue visto por místicos de otra tradición de otro modo."-Usted decía hace un momento que Swedenborg viajó a Londres para conocer a Newton y que le parecía raro que no hubiera logrado hacerlo. Sin embargo en esa misma ciudad, tuvo lugar su encuentro con Cristo.-"Sí. Sé que el primer encuentro con Cristo fue en Londres, y los otros también. El estuvo además en Alemania, Holanda, los Países Bajos, pero finalmente se estableció en Londres. Tal vez el hecho de que fijara su residencia en Londres está relacionado con esa experiencia. A partir de ese momento su vida cambió totalmente. Abandonó el estudio de la ciencia; por ejemplo: la anatomía, la astronomía, las matemáticas, y se dedicó a registrar minuciosamente ese mundo espiritual. El diálogo con los ángeles empezó a ser un hecho cotidiano para él".-En el prólogo al libro de Synnestvedt sobre Swedenborg, usted afirma que hay algo incómodo en su obra; que usted piensa que él es un pensador por derecho propio, y que tal vez trató de enmarcar, o acomodar supensamiento al texto de la Biblia.-"Yo no sé si en el caso de él, pienso que es así en el caso de la cábala. En el caso de él creo que no. Además, el padre de él era obispo, obispo evangélico, luterano. El tiene que haberse criado en un ambiente muy piadoso. Yo no creo que eso le haya costado ningún esfuerzo a él. Digo, que él pensaba naturalmente en el espíritu de la Biblia. Bueno..., mi abuela, sabía de memoria la Biblia, en su familia eran metodistas. Usted hacía una cita bíblica, y ella decía, 'sí', por ejemplo: 'Libro de los Reyes, capítulo tal, versículo tal: y seguía adelante, o 'Libro de Job, capítulo tal versículo tal...' Me parece que no es tan raro eso. En Alemania hay una expresión que traducida, sería: firme en la Biblia", son las personas que saben la Biblia de memoria."-Una pregunta en relación al tema, pero vinculada más directamente con usted. ¿Alguna vez desde su infancia hasta hoy, usted percibió, sintió o intuyó la presencia del mundo angélico o trascendente?-"No sé si llamarlo angélico o trascendente. Pero sé que... bueno... Yo dos veces en mi vida he sentido el hecho de vivir fuera del tiempo. Eso me ha ocurrido.., una vez fue en Palermo, y otra vez fue en uno de los puentes detrás de la estación de Constitución. Y esas dos veces, me habían sucedido cosas, bueno, que me habían conmocionado durante el día. No sé... Una mujer me había dejado... Y de golpe estaba pensando en eso, y de pronto me vi así, en tercera persona, y sentí: 'qué puede importarme lo que le pasa a Borges, si yo soy Otra cosa; lo que me ha pasado es meramente circunstancial.' Ahora, yo no sé cuánto 'tiempo' duró ese estado; pero yo me sentí, no sé si feliz, pero como... bueno, como sereno, como arrebatado así de todo. Y he tratado de decirlo, una vez en un poema y otra vez en prosa, pero no sé si he logrado comunicar esa sensación. Cuando estuve en Japón tuve ocasión de conversar con un monje budista, y él me dijo que había alcanzado el nirvana. Yo le dije "¿Y aseguro que usted no podrá contármelo?". -'No'- respondió, claro; porque cada palabra presupone una experiencia compartida, por ejemplo; si usted está en Estados Unidos, y habla con alguien y le dice 'tal cosa tenía gusto a mate', el interlocutor no tiene porqué entenderlo si no conoce el gusto del mate... Entonces, el monje, me dijo que su experiencia del nirvana era incomunicable; que él podía hablar sobre el nirvana con otro monje que también lo había alcanzado. Que él no sabia cuánto tiempo había durado, pero que después todo era distinto para él. Le pregunté -'Distinto ¿en qué sentido?, ¿usted siente todo igual que antes?'-'Sí'- me contestó, 'entiendo perfectamente lo que usted quiere saber'. 'Yo siento soledad, siento ansiedad, siento alegría, siento dolores físicos, siento placeres físicos siento los sabores de las cosas; pero todo eso de un modo distinto después de alcanzar el nirvana'. -¿Y de ese modo es mejor?' -'Si'- me dijo, -pero yo no lo puedo explicar'. Y me di cuenta que tenía razón, que era algo inexpresable. Esto fue en Nara. En unmonasterio budista..." Un famoso irlandés -que imaginó con riguroso fervor la tercera forma de salvación postulada por Borges, la salvación por la belleza-, en otra conferencia, esta vez en la Universita Popolare Triestina, exaltó, al igual que Borges, la filiación espiritual del iracundo poeta inglés William Blake con el visionario sueco. Dice James Joyce: "...Swedenborg, que frecuentó todos los mundos invisibles durante largos años, ve en la imagen del hombre el mismísimo cielo, y a Miguel, Rafael, y Gabriel, que según él, no son tres ángeles, sino tres coros angélicos. La eternidad, que al discípulo amado y a San Agustín se les apareció bajo la forma de ciudad celestial, y al Alighieri como rosa celestial, revestía para el místico sueco las formas de hombre celestial, con todos sus miembros animados por un fluido de vida angélica que sale y vuelve a entrar, en sístole y diástole de amor y sabiduría. A partir de esta visión desarrolló el inmenso sistema de lo que él denominaba correspondencias, y que domina su obra maestra Arcana Coelestia, nuevo evangelio que, según él, anuncia la aparición del Hijo del Hombre en los cielos, prevista por San Mateo". (*)
(*) Fuente: Entrevista realizada por Christian Wildner con Jorge Luis Borges en prólogo a la traducción por él mismo realizada de Emanuel Swedenborg, El Cielo y sus Maravillas y el Infierno, Buenos Aires, 1991, Editorial Kier, pp. 15-19. Esta traducción de la mencionada obra de Swedenborg es la primera en lengua castellana.
N. de R: J.L Borges y ante sala a los MORMONES.

viernes, 30 de octubre de 2009

El símbolo perdido de Dan Brown:


¿Existe un secreto tan poderoso que, de salir a la luz, sea capaz de cambiar el mundo? Washington. El experto en simbología Robert Langdon es convocado inesperadamente por Peter Solomon, masón, filántropo y su antiguo mentor, para dar una conferencia en el Capitolio. Pero el secuestro de Peter y el hallazgo de una mano tatuada con cinco enigmáticos símbolos cambian drásticamente el curso de los acontecimientos. Atrapado entre las exigencias de una mente perturbada y la investigación oficial, Langdon se ve inmerso en un mundo clandestino de secretos masónicos, historia oculta y escenarios nunca antes vistos, que parecen arrastrarlo hacia una sencilla pero inconcebible verdad.

El escritor estadounidense Dan Brown, aclamado autor de "El código da Vinci", regresó a las librerías el día 15 de septiembre pasado, y ahora presentando y puesto a la venta en todas las librerías del Perú, desde el día de ayer (28 octubre 2009) con "El símbolo perdido", una novela que volverá a explorar el corazón de las sociedades secretas y que contará de nuevo con el protagonismo de Robert Langdon. En apenas cinco meses, los millones de seguidores de Brown repartidos por el planeta podrán adentrarse una vez más en las profundidades de las sociedades masónicas de la mano del ya casi legendario profesor de simbología de la Universidad de Harvard, Robert Langdon, según han anunciado sus editores en la Feria Internacional del Libro de Londres. En cuanto a los detalles de la novela, hasta la fecha sólo ha trascendido su título, que tendrá de nuevo como personaje central al protagonista de "Ángeles y Demonios" y "El código da Vinci", así como la localización y la duración temporal de la trama, que se desarrolla en EU en un intervalo de tan sólo doce horas. "El símbolo perdido" llega seis años después de la publicación de "El código da Vinci", la obra que alzó a Brown a la popularidad y que le granjeó tantos admiradores como detractores, que le acusan de no aportar ninguna prueba empírica de las teoría de la conspiración que expone en la novela. En concreto, Brown cuenta en este relato cómo la Iglesia Católica trató durante años de ocultar la relación que Jesús mantenía con María Magdalena, con la que, supuestamente, habría tenido descendientes que se habrían establecido en Francia y entre los que estarían algunos reyes merovingios. Sea como fuere, con errores históricos o sin ellos, "El código da Vinci" se ha convertido en una de las obras más vendidas de la historia, con más de 80 millones de ejemplares despachados en 50 idiomas distintos. Fue tal el éxito alcanzado por esta obra que distintas editoriales decidieron entonces relanzar el anterior trabajo de Brown, "Ángeles y Demonios", centrado en las andanzas de la sociedad secreta de los Illuminati (Iluminados). Rodeada siempre de una expectación casi mística, la vuelta de Brown a las librerías ha estado salpicada en los últimos años por un sinfín de rumores. Tanto es así que cuando en 2006 se anunció que el título de la nueva novela podría ser "La llave Salomón" ("The Solomon Key"), un gran número de autores comenzaron a publicar trabajos sobre este mismo tema. Para evitar este "intrusismo", el autor ha buscado ahora un título lo más opaco posible que no dé lugar a especulaciones.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Sagas Escandinavas

La gesta de Beowulf

Copiado del libro "Literatura germánicas medievales" Jorge Luis Borges. (Alianza edit. EMECE)
Compuesta en el siglo VIII de nuestra era, la Gesta de Beowulf es el monumento épico más antiguo de las literaturas germánicas. Fue descubierto en 1705 y registrado en un catálogo de manuscritos anglosajones como epopeya de las guerras entre daneses y suecos. Esta definición errónea se debe a las dificultades del lenguaje poético; a principios del siglo XVIII había en Inglaterra eruditos capaces de comprender la prosa anglosajona, pero no de descifrar un poema, escrito en el lenguaje artificial que ya hemos considerado. Atraído por la mención del catálago, un erudito danés, Thorkelín, fue a Inglaterra en 1786 para copiar el manuscrito. Veintiún años consagró a estudiarlo, a transcribirlo y a prepararlo, con una traducción latina, para la imprenta. En 1807, la escuadra inglesa atacó a Copenhague, incendió la casa de Thorkelín y destruyó el piadoso fruto de tantos años y de tantos afanes. Encarnada en hombres violentos, en hombres más afines a Beowulf que al editor de Beowulf, la pasión patriotiótica que había llevado a aquél a Inglaterra se volvía contra él y aniquilaba su trabajo. Thorkelín se sobrepuso a esa desventura y publicó en 1815 la edición príncipe de Beowulf. Esta edición, ahora, casi no tiene otro valor que el de una curiosidad literaria. Otro danés, el pastor Grundtvig, publicó en 1820 una nueva versión del poema. No había entonces diccionarios de anglosajón, no había gramática; Grundtvig lo aprendió a la luz de obras en prosa y del mismo Beowulf. Corrigió el texto publicado por Thorkelín y sugirió enmiendas que fueron confirmadas, después, por el manuscrito original que no llegó a ver, y que provocaron, naturalmente, la ira del viejo editor. Posteriormente han aparecido muchas versiones alemanas e inglesas; de éstas son dignas de mención las de Clark Hall y Earle en prosa y la de William Morris en verso.
Excluidos algunos episodios secundarios, la Gesta de Beowulf consta de dos partes, que pueden resumirse como sigue:
Beowulf, príncipe del linaje de los geatas, nación del sur de Suecia que algunos han identificado con los jutos y otros con los godos, llega con su gente a la corte de Hrothgar, que reina en Dinamarca. Hace doce años -doce inviernos, dice el poema- que un demonio de las ciénagas, Grendel, de forma gigantesca y humana, penetra durante las noches oscuras en la sala del rey para matar y devorar a los guerreros. Grendel es de la raza de Caín. Por obra de un encantamiento, es invulnerable a las armas. Beowulf, que en su puño tiene la fuerza de treinta hombres, promete darle muerte y lo espera, desarmado y desnudo, en la oscuridad. Los guerreros duermen; Grendel hace pedazos a uno de ellos, lo devora, huesos y todo, y bebe a grandes tragos la sangre, pero cuando quiere atacar a Beowulf, éste le agarra el brazo y no se lo suelta. Luchan, Beowulf le arranca el brazo, Grendel huye gritando a su ciénaga. Huye para morir; la enorme mano, el brazo y el hombro quedan como trofeo. Esa noche se festeja la victoria, pero la madre de Grendel - "loba de mar, mujer del mar, loba del fondo del mar"- penetra en la sala, mata a un amigo de Hrothgar y se lleva el brazo del hijo. Beowulf sigue por desfiladeros y páramos el rastro de la sangre; al fin llega a la ciénaga. En el agua estancada hay sangre caliente y serpientes y la cabeza del guerrero. Beowulf, armado, se arroja a la ciénaga y nada buena parte del día antes de tocar fondo. Enuna cámara submarina, sin agua y con una luz inexplicable, Beowulf combate con la bruja, la decapita con una espada monumental que pende del muro y luego decapita el cuerpo de Grendel. La sangre de Grendel quema la hoja de la espada; Beowulf resurge, al fin, de la ciénaga con la empuñadura y con la cabeza. Cuatro hombres llevan la pesada cabeza a la sala real. Así concluye la primera parte del poema.
La segunda ocurre cincuenta años después. Beowulf es rey de los geatas; en su historia entra un dragón que merodea en las noches oscuras. Hace tres siglos que el dragón es guardián de un tesoro; un esclavo fugitivo se esconde en su caverna y se lleva un jarro de oro. El dragón se despierta, nota el robo y resuelve matar al ladrón; a ratos, baja a la caverna y la revisa bien (Curiosa invención del poeta atribuir al azorado dragón esa inseguridad tan humana.) El dragón empieza a desolar el reino. El viejo rey va a su caverna. Ambos combaten duramente. Beowulf mata al dragón y muere envenenado por una morderdura del monstruo. Lo entierran; doce guerreros cabalgan alrededor del túmulo "y deploran su muerte, lloran al rey, repiten su elegía y celebran su nombre". Estos versos del Beowulf han sido comparados con el último verso de la Iliada:
Celebraon así los funerales de Héctor, domador de caballos.
A juzgar por el Beowulf, las ceremonias funerarias de los germanos coincidían con la de los hunos. Gibbon, en su Historia de la declinación y caída del Imperio Romano, describe de este modo las exequías de Atíla:
Alrededor del cuerpo de su rey, cabalgaron los escuadrones, cantando una canción funeraria en memoria del héroe; glorioso en el decurso de su vida, invencible en su muerte,padre de su pueblo, azote de sus enemigos y terror del orbe.
Otro rito funerario figura en el Beowulf; el cadáver de un rey de Dinamarca es confiado a una nave que luego entregan al "poder del océano". Agrega el texto:
Nadie, ni siquiera hablan en las asambleas, ni los héroes bajo los cielos, puede declarar con verdad quién recibió esa carga.
El germanista inglés W.P. Ker cuenta en la obra Epic and Romance que Aristóteles redujo a pocas líneas los veinticuatro libors de la Odisea y observa que basta reducir a esa escala la Gesta de Beowulf para que sean evidentes sus vicios de estructura. Ker propone este resumen irónico:
Un hombre en busca de trabajo llega a casa de un rey a quien molestan las arpías y, tras de ejecutar la purificación de esa casa, vuelve con honor a su hogar. Años después, el hombre llega a rey en su tierra y mata un dragón, pero muere por obra de su veneno. Su pueblo lo llora y le da sepultura.

Beowulf Prelude Of the founder of the Danish house
Prelude.
LO, praise of the prowess of people-kingsof spear-armed Danes, in days long sped, we have heard, and what honor the athelings won!Oft Scyld the Scefing from squadroned foes, from many a tribe, the mead-bench tore, awing the earls. Since erst he layfriendless, a foundling, fate repaid him: for he waxed under welkin, in wealth he throve, till before him the folk, both far and near, who house by the whale-path, heard his mandate, gave him gifts: a good king he! To him an heir was afterward born, a son in his halls, whom heaven sentto favor the folk, feeling their woethat erst they had lacked an earl for leader so long a while; the Lord endowed him, the Wielder of Wonder, with world's renown. Famed was this Beowulf: [footnote 1] far flew the boast of him,son of Scyld, in the Scandian lands. So becomes it a youth to quit him well with his father's friends, by fee and gift, that to aid him, aged, in after days, come warriors willing, should war draw nigh, liegemen loyal: by lauded deeds shall an earl have honor in every clan. Forth he fared at the fated moment, sturdy Scyld to the shelter of God. Then they bore him over to ocean's billow, loving clansmen, as late he charged them, while wielded words the winsome Scyld, the leader beloved who long had ruled.... In the roadstead rocked a ring-dight vessel, ice-flecked, outbound, atheling's barge: there laid they down their darling lordon the breast of the boat, the breaker-of-rings, [footnote 2] by the mast the mighty one. Many a treasurefetched from far was freighted with him. No ship have I known so nobly dightwith weapons of war and weeds of battle, with breastplate and blade: on his bosom laya heaped hoard that hence should gofar o'er the flood with him floating away. No less these loaded the lordly gifts, thanes' huge treasure, than those had done who in former time forth had sent him sole on the seas, a suckling child. High o'er his head they hoist the standard, a gold-wove banner; let billows take him, gave him to ocean. Grave were their spirits, mournful their mood. No man is ableto say in sooth, no son of the halls, no hero 'neath heaven, -- who harbored that freight!
Beowulf I
I.
Now Beowulf bode in the burg of the Scyldings,leader beloved, and long he ruledin fame with all folk, since his father had goneaway from the world, till awoke an heir,haughty Healfdene, who held through life,sage and sturdy, the Scyldings glad.Then, one after one, there woke to him,to the chieftain of clansmen, children four:Heorogar, then Hrothgar, then Halga brave;and I heard that -- was --'s queen,the Heathoscylfing's helpmate dear.To Hrothgar was given such glory of war,such honor of combat, that all his kinobeyed him gladly till great grew his bandof youthful comrades. It came in his mindto bid his henchmen a hall uprear,a master mead-house, mightier farthan ever was seen by the sons of earth,and within it, then, to old and younghe would all allot that the Lord had sent him,save only the land and the lives of his men.Wide, I heard, was the work commanded,for many a tribe this mid-earth round,to fashion the folkstead. It fell, as he ordered,in rapid achievement that ready it stood there,of halls the noblest: Heorot [footnote 1] he named itwhose message had might in many a land.Not reckless of promise, the rings he dealt,treasure at banquet: there towered the hall,high, gabled wide, the hot surge waitingof furious flame. [footnote 2] Nor far was that daywhen father and son-in-law stood in feudfor warfare and hatred that woke again. [footnote 3] With envy and anger an evil spiritendured the dole in his dark abode,that he heard each day the din of revelhigh in the hall: there harps rang out,clear song of the singer. He sang who knew [footnote 4] tales of the early time of man,how the Almighty made the earth,fairest fields enfolded by water,set, triumphant, sun and moonfor a light to lighten the land-dwellers,and braided bright the breast of earthwith limbs and leaves, made life for allof mortal beings that breathe and move.So lived the clansmen in cheer and revela winsome life, till one beganto fashion evils, that field of hell.Grendel this monster grim was called,march-riever [footnote 5] mighty, in moorland living,in fen and fastness; fief of the giantsthe hapless wight a while had keptsince the Creator his exile doomed.On kin of Cain was the killing avengedby sovran God for slaughtered Abel.Ill fared his feud, [footnote 6] and far was he driven,for the slaughter's sake, from sight of men.Of Cain awoke all that woful breed,Etins [footnote 7] and elves and evil-spirits,as well as the giants that warred with Godweary while: but their wage was paid them!
Footnotes.

1.That is, "The Hart," or "Stag," so called from decorations in the gables that resembled the antlers of a deer. This hall has been carefully described in a pamphlet by Heyne. The building was rectangular, with opposite doors -- mainly west and east -- and a hearth in the middle of the single room. A row of pillars down each side, at some distance from the walls, made a space which was raised a little above the main floor, and was furnished with two rows of seats. On one side, usually south, was the high-seat midway between the doors. Opposite this, on the other raised space, was another seat of honor. At the banquet soon to be described, Hrothgar sat in the south or chief high-seat, and Beowulf oppo- site to him. The scene for a flying ... was thus very effectively set. Planks on trestles -- the "board" of later English litera- ture -- formed the tables just in front of the long rows of seats, and were taken away after banquets, when the retainers were ready to stretch them- selves out for sleep on the benches.

footnote 1
2.Fire was the usual end of these halls. See v. 781 below. One thinks of the splendid scene at the end of the Nibelungen, of the Nialssaga, of Saxo's story of Amlethus, and many a less famous instance.

footnote 2
3.It is to be supposed that all hearers of this poem knew how Hrothgar's hall was burnt, -- perhaps in the unsuccessful attack made on him by his son-in-law Ingeld.

footnote 3
4.A skilled minstrel. The Danes are heathens, as one is told presently; but this lay of beginnings is taken from Genesis.

footnote 4
5.A disturber of the border, one who sallies from his haunt in the fen and roams over the country near by. This probably pagan nuisance is now furnished with biblical credentials as a fiend or devil in good standing, so that all Christian Englishmen might read about him. "Grendel" may mean one who grinds and crushes.

footnote 5
6.Cain's.

footnote 6
7.Giants.

martes, 8 de septiembre de 2009

Literatura Escandinava


To Viking woman.


Del libro "Literaturas germánicas medievales" (Alianza editorial EMECE, pags 76 al 78) del maestro Jorge Luis Borges, cito el siguiente texto:
De las literaturas germánicas medievales la más compleja y rica es incomparablemente la escandinava. Lo que al principio se escribió en Inglaterra o en Alemania vale, porque en buena parte, prefigura, o porque imaginamos que prefigura, lo que se escribiría después; en las elegías anglosajonas presentimos el movimiento romántico y en El Cantar de los Nibelungos los dramas musicales de Wagner. En cambio la antigua literatura nórdica vale por cuenta propia; quienes la estudian pueden prescindir de la evocación de Ibsen o de Strindberg. Esta literatura se produjo en Islandia, principalmente; conviene conocer las razones históricas que hicieron de esta isla remota, la Ultima Thule de los romanos, la salvación y el último refugio de la antigua cultura pagana. A fines del siglo IX, Harald Hargafar Harald del hermoso cabello, señor de uno de los treinta cantones en que estaba dividida Noruega, quiso tomar por esposa a la hija de otro pequeño rey. Ella le dijo que no se casaría con él hasta que él no hubiera hecho de Noruega un solo reino. Harald juró no cortarse el pelo ni peinarse hasta haber sometido todos los reinos y al cabo de diez años de guerra no quedó en Noruega otro rey y Harald recordó su juramento - escribe Snorri Sturlson- y mandó que uno de sus condes le cortara el pelo y fue apodado Harald Harfagar y se casó con la ambiciosa muchacha. Harald tuvo, por lo demás, otras mujeres, porque la poligamia era privilegio de las casas reales de Escandinavia.
Para no soportar su tiranía, muchos noruegos emigraron a Islandia. Llevaron armas, herramientas, útiles de labranza, hacienda, caballos. Fundaron una especie de república, gobernada por una asamblea general, el Althing. El país era pobre; la agricultura, la pesca, la piratería fueron las ocupaciones comunes. No eran incompatibles; ser un pirata, ser un viking, era cosa de caballeros. Ya existían reinos escandinavos en Irlanda y en Rusia; en el siglo X, Groelandia fue descubierta y colonizada por navegantes de esta estirpe; en el siglo XI descubrieron el continente americano. América recibió el nombre de Vínland (Tierra de viñedos, Tierra de Vino); Groelandia (Gröland, Tierra verde) tal vez se llamó así para atraer colonos. Se creyó que estos países eran parte de Europa y el descubrimiento de América no tuvo mayor importancia. Diseminados por el mundo se encuentran epitafios de vikings, en piedras rúnicas. Uno es así:
Tula erigió esta piedra a la memoria de su hijo Harald, hermano de Ingvar. Partieron virilmente, fueron muy lejos y saciaron al águila en Oriente. Murieron en el sur, en España.
Otro dice:
Que Dios se apiade de las almas de orm y de Gunnlaug, pero sus cuerpos yacen en Londres.
En una isla del mar Negro se halló el siguiente:
Grani erigió este túmulo en memoria de Karl, su compañero.
Este fue grabado en un león de mármol que estaba en el Pireo y que fue trasladado a Venecia:
Guerreros labraron las letras rúnicas.... hombres de Suecia lo pusieron en el león.
Los fundadores de Islandia eran exiliados; distrajeron sus ocios con juegos atléticos y su nostalgia con las tradiciones de la estirpe. Inventaron un deporte singular, que no se ha dado en el resto del mundo; la riña de potros, que peleaban a coces y dentelladas, a la vista de las yeguas. Produjeron una vasta literatura, en verso y en prosa. A diferencia de lo que pasó en reinos de Inglaterra y de Alemania, la nueva fe cristiana no enemistó a los hombres con la antigua. Esta fue siempre parte de su nostalgia.
Se refiere, así, que a la corte de Olaf Tryggvason, que se había convertido a la nueva fe, llegó una noche un hombre viejo, envuelto en una capa oscura y con el ala del sombrero sobre los ojos. El rey le preguntó si sabía hacer algo; el forastero contestó que sabía tocar el arpa y contar cuentos. Tocó en el arpa aires antiguos habló de Gudrun y de Gunnan y, finalmente, refirió el nacimiento de Odín. Dijo que las tres parcas vinieron, que dos de ellas le prometieron grandes felicidades y que la tercera dijo, colérica: "el niño no vivirá más que la vela que está ardiendo a su lado." Entonces los padres apagaron la vela para que Odín no muriera. Olaf Trygvason descreyó de la historia; el forastero repitió que era cierta, sacó la vela y la encendió. Mientras la miraban arder, el hombre dijo que era tarde y que tenía que irse. Cuando la vela se hubo consumido, lo buscaron. A unos pasos de la casa del rey, Odín había muerto.

lunes, 24 de agosto de 2009

Se cumplen 110 años del nacimiento de Jorge Luis Borges

"Uno aprende a caminar caminando, asi como aprende a leer leyendo y, todavía más, a amar la lectura leyendo. Aprendí a leer los libros que tení­a que leer por razones profesionales, primero con respeto y luego con franca simpatía. Al final, me convertí en un apasionado de los libros y esa pasión devoro mi vida en los últimos cuarenta años."
Uno está enamorado cuando se da cuenta de que otra persona es única. -Jorge Luis Borges-
Hace más de 30 años, y en medio de una entrevista, un periodista peruano intentó cambiarle de tema al escritor –quien se había ensimismado en un solo asunto– y le dijo: “Perdone que haga una digresión…”. Este, mirando al vacío a causa de su ceguera, le replicó con amabilidad: “Varias digresiones, por favor. Para eso estamos”. Así era Jorge Luis Borges, el vanguardista escritor argentino que nació en el último año del siglo XIX, un día como hoy. HISTORIA DE SU ETERNIDAD. Nacido en Buenos Aires, en un barrio marginal de inmigrantes, Borges fue precoz desde su juventud: a los nueve años ya había hecho una traducción libre de El príncipe feliz, de Wilde, porque creía que siempre era posible mejorar lo dicho en otra lengua. Y luego, ya en Europa, aprendió el idioma alemán solo con un diccionario. Su estadía en Suiza, donde viajó para que su padre siga un tratamiento contra la ceguera –mal que él luego heredaría–, coincidió con la Primera Guerra Mundial y la aparición de las vanguardias artísticas. De allí tomaría esa influencia simbolista y transgresora que en el futuro se puliría en sus obras. Borges regresó a Buenos Aires a comienzos de los años veinte, y fundó varias revistas literarias y filosóficas. Cambió su modo de escribir y se enfrascó en un cierto regionalismo relacionado con los suburbios de su ciudad. Incluso compuso tangos y milongas, a los que trató de eliminar lo que él llamaba la “insoportable sensiblería de sus letras”. Luego se inclinó a especular con lo fantástico, y así escribió Historia universal de la infamia (1935) –colección de cuentos basados en criminales reales–, Ficciones (1944) y El aleph (1949). Siempre cuentos y nunca novelas, porque, según decía, no valía la pena tanto tiempo y esfuerzo en una historia que fácilmente se podía contar en unas cuantas páginas. SENDEROS QUE SE BIFURCAN. Para cuando Borges escribió sus obras más importantes, lo hizo casi ciego: desde los 30 años ya había comenzado a perder la visión, por lo que incluso tuvo graves accidentes. Borges recordaría esos años como “un lento crepúsculo que duró más de medio siglo”. Aun así, se las arregló para seguir escribiendo y empaparse en otros libros: se las hacía leer en voz alta. Su ceguera congénita tampoco le prohibió trabajar en la Biblioteca Nacional de su país. Sin embargo, su constante rechazo a Perón le cambió la vida: el gobierno lo degradó al cargo de “inspector de aves de corral y mercados’, mientras que su madre y hermana eran acosadas por la Policía. Imposibilitado de seguir trabajando como antes, Borges tuvo que convertirse en profesor y conferencista itinerante por todo el continente, logrando superar –no sin ayuda médica– su más grande terror: hablar ante los demás. UTOPÍA DE UN HOMBRE CANSADO. Famoso ya por su producción –en 1951 publicó La muerte y la brújula y, en 1975, El libro de arena–, Borges viajó por todo el mundo y se convirtió en un reconocido catedrático en Europa. Tanta era su fama, que desde 1970 figuraba como favorito para ganar el Premio Nobel de Literatura. Pero la Academia Sueca pareció olvidarse de su existencia, aun cuando Borges era nominado por años consecutivos: al parecer, fue excluido porque aceptó un premio de manos del dictador Augusto Pinochet. Ya anciano, Borges se estableció en Ginebra, Suiza, y se casó con una ex alumna y secretaria suya: María Kodama. En esa ciudad moriría el autor, en 1986, por un cáncer hepático, y es allí donde está enterrado. Y sería Kodama, su viuda, quien, en el 2009, se opondría a que sus restos sean trasladados a Argentina: los peronistas en el poder –el partido político que le cerró todas las puertas en su momento–, ahora pretendían repatriarlo por intereses políticos. Al final el proyecto se canceló. Sin duda, olvidaron que Borges sigue vivo en sus libros.



lunes, 17 de agosto de 2009

Yo besé a Lisbeth Salander

Cuando vivía en Eskilstuna al oeste de la capital de Suecia, y eso fué antes de rentar un departamento con un compañero de alquiler, un viejo uruguayo testigo de Jehova, mucho antes que esa experiencia mistica, recuerdo que cohabitaba con dos jóvenes, uno era iraníe y el otro un rubio cenizo de estatura baja y enjunco venido de Varsovia; este polaco menudo ya lo venía conociendo desde que radiqué al inicio del invierno sueco del año 1990 en Upplands-Väsby, era un chico buena onda, al que le enseñaba un poco de castellano, y era muy inteligente para recordar la jerga sobre todo peruana, me divertía hacerlo hablar como un limeño tipico, lamentablemente tuvimos que mudarnos por lo que lo dejé de ver por mucho tiempo, pero no fué hasta que esta mañana al leer el diario mientras desayunaba, un artículo de la columna de Jaime Bayly, que me hiso recordarlo de manera reconfortante, a pesar que el polaco fumaba como chino en quiebra, (una de las razones por las que me mudé de departamento), aún así recuerdo las largas caminatas por las calles viejas pero hermosas de Estocolmo, y como en efecto Jaime describe con los nombres largísimos de sus calles, yo recuerdo haber paseado con mi amigo y sus cigarrillos por esos parques y hasta haberme sentado en esas mismas bancas públicas, pero eso sí fue en verano, porque en invierno escandinavo difícil que hubiera podido salir a pasear como soliamos hacerlo acostumbrado a recrear la vista por los parques y sobre todo al sentarse en una banca pública en pleno invierno; era cosa nada agradable para mis posaderas latinas, por el intenso frio que este hombre de tropico pudiera soportar. Y por el recuerdo de mi amigo Polaco, les dejo a continuación el artículo en mención que me hiso evocarlo con una placentera sonrisa amical y la sensación del humo de sus cigarros rusos:
Yo besé a Lisbeth Salander
Llegando a Estocolmo, mi amiga danesa Stella Wilde (ningún parentesco con Oscar) se quejó de que el hotel Berns (donde tocó recientemente Mika) apestaba a basura y el baño de su habitación (porque ella había pedido una habitación separada de la mía, pues no toleraba verme dormir con zapatos ni mis ronquidos pedregosos) olía a cloaca, a alcantarilla, a antigua mierda sueca. Stella Wilde era muy refinada y por eso era justo complacer sin más sus caprichos. Dejé mis cosas en la habitación del Berns (que era un hotel viejo, que olía a viejo, que olía a basura porque habíamos tenido la mala suerte de llegar precisamente en el momento en el que el camión de basura estaba recogiendo los desperdicios del hotel, y que indudablemente apestaba a cloaca en los baños, pero eso no me disgustaba o no me disgustaba del todo, pues lo impregnaba de una cierta sordidez humana que nos recordaba que solo estábamos de paso) y llevé a mi amiga Stella al hotel que ella conocía en Estocolmo, el Grand. Era un hotel majestuoso, señorial, el hotel donde se alojaban los ganadores de los premios Nobel. Pedimos una habitación para ella, pero estaban todas ocupadas por señores que parecían de alguna realeza en el exilio y caminaban con sombrero y bastón, como salidos de “Muerte en Venecia”, así que nos resignamos a tomar el té en la biblioteca y le pedí a Stella que me hiciera una foto porque sabía que nunca me la haría con el Nobel, como quizá se la hicieron en esa biblioteca Gabo y Paz (y espero que se la haga Vargas Llosa). El azar, ese dios veleidoso que guía nuestros pasos, nos llevó, de camino al National Museum, a un hotel recientemente inaugurado, el Lydmar, en la misma calle del Grand, una calle de un nombre tan largo, Södra Blasieholmshamnen, que me sorprende haber vencido la pereza y conseguido escribirlo. El Lydmar era un palacete modernista, el refugio barroco de los ricos y famosos, una mansión donde todo lucía bello e inmaculado, al punto que me sentía un intruso, una mancha hedionda, y temía que alguien me expulsara a patadas de allí, pero por suerte me escondía detrás de Stella Wilde, quien capturaba las miradas de hombres y mujeres. Los empleados del hotel vestían de negro y eran todos absolutamente deseables y a todos les hubiera requerido alguna forma innoble de amor sin preguntarles su nombre y pagando si fuera el caso. Todos los muebles, candelabros, libros y cuadros del Lydmar me los hubiera robado para la casa en la que siempre soñé vivir y en la que nunca viviré (porque tal vez un escritor nunca consigue vivir donde quisiera vivir y vive a duras penas en sus libros). Stella Wilde se instaló con aire lánguido y ausente en una suite del Lydmar que no era precisamente barata (cinco mil coronas la noche), pero ella sabía que su belleza era tal que no tenía precio (o, como se dice con cierta ordinariez, que se trataba de una mujer de alto mantenimiento) y que nada de lo que yo gastase por contemplarla (y, si tenía suerte, por rozarla) compensaría el incalculable deleite que me procuraba su sola presencia, la aventurera decisión que había tomado en un bar de Copenhague: la de viajar conmigo, un extraño, un peruano, un hombre gordo con boina y el hígado estragado, a caminar las calles de Estocolmo, que ella se jactaba de conocer. En efecto, comprobé que me asistía una guía de lujo. Me llevó a la isla sureña de Södermalm y me hizo fotos en el departamento modesto donde vivió Lisbeth Salander (el que luego cedió a su amiga lesbiana Mimi) en la calle Lundagatan, y en el departamento lujoso que compró Lisbeth, en las alturas de la calle Fiskargatan, tras saquear cibernéticamente las cuentas de un magnate inescrupuloso y hacerse muy rica, desde las cuales se alcanzaban a ver al National Museum y el Lydmar, al otro lado del remanso de agua báltica del lago Mälarem, y frente al edificio de la calle Bellsmangatan 1, donde vivió el periodista Mikael Blomkvist. Fue un momento emocionante para mí y creo que para ella también, pues ambos habíamos leído, hechizados, raptados por el vértigo perverso de su prosa, la trilogía de Stieg Larsson, y nos resistíamos a creer que Lisbeth Salander era una criatura ficticia y, todavía aturdidos por el poder persuasivo de esas novelas, estábamos seguros de que ella existió y vivió en ese edificio gris de Lundagatan y luego se mudó a ese otro edificio de Fisgartan y nadie en el mundo nos convencería de que Stieg Larsson se inventó todo y Lisbeth fue solo una mujer que él imaginó en sus últimos días delirantes y ermitaños, envuelto en una nube de tabaco que le costó la vida. Mi amiga Stella me llevó al edificio de la revista donde murió Larsson (o donde le dio un infarto, pues acabó de morir en una ambulancia, camino al hospital).Aquel día funesto de 2004 era la una de la tarde, Larsson había terminado su trilogía desmesurada y genial, fue a trabajar a la revista, apretó el botón del ascensor, no funcionaba (el azar, siempre el azar), subió por las escaleras hasta el séptimo piso y poco después le sobrevino un infarto.Tenía cincuenta años, fumaba mucho (dicen que dos cajetillas diarias) y no dejó escrito un testamento. Su trilogía ha vendido más de veinte millones de ejemplares en distintos idiomas; no es fácil encontrar a un sueco que no haya leído al menos una de las tres novelas de “Millennium”. La mujer de Larsson, Eva Gabrielsson, con la que nunca se casó (seguramente para preservar el amor), no ha podido heredar una sola corona de las cuantiosas regalías. Como Larsson cometió el descuido de no dejar testamento, los herederos de la vasta fortuna que sus libros han dejado terminaron siendo (el azar, de nuevo el azar) su padre Erland y su hermano Joakim, con quienes tenía una mala relación (como era de suponer en un buen escritor).Nunca había viajado a una ciudad imantado por el poder magnético de un escritor. Vine a Estocolmo por culpa de Larsson o gracias a Larsson. En los bares de lesbianas de Södermalm, creía ver a Lisbeth Salander (muy flaca, musculosa, tatuada, ágil y astuta como un gato). En los cafés refinados de Östermalm, creía ver al tutor depravado de Lisbeth, ese sátiro que abusó de ella. En los parques apacibles y floreados de Södermalm, o en el bar bohemio del hotel Rival, creía ver a Mikael tomándose una cerveza, tratando de desenredar la maraña infinita en la que, a riesgo de su vida, su vocación de justiciero lo había metido. No era yo el único forastero que caminaba aquellas calles buscando las casas donde vivieron Lisbeth y Mikael. De vez en cuando, me cruzaba con gente solitaria, extraviada, poseída por la misma enfermedad, sedada o excitada por el mismo poder febril de las palabras de un escritor, y les decía qué calles debían recorrer para llegar al lugar donde nuestra heroína se escondía de Todo lo Malo. Uno de los taxistas se rio de mí y me dijo: Pero esa chica no existió, nunca vivió allí, todo es mentira, es solo una novela. Yo le dije: se equivoca, señor, Lisbeth Salander existió, vive aún y es mi amiga. El taxista me miró con una mezcla de incredulidad y desdén y decidió que no le convenía conversar con chiflados que venían desde tan lejos a buscar fantasmas que solo habitaban en los libros de un sueco ya muerto. Después de visitar los lugares más memorables de las novelas de Larsson y hacernos fotos en ellos y hacerles fotos a otros adictos a sus novelas (por lo general, gente taciturna, melancólica, de países inverosímiles, como Islandia o Polonia), nos resignamos a visitar los museos, el National, el de Arte Moderno, el Vasa, que exhibe una balsa vikinga que se hundió siglos atrás y fue reflotada, pero ningún cuadro de Picasso o Gauguin, ninguna escultura de Rodin, ningún vestigio de la vida y la historia escandinavas, incluyendo sus palacios reales y sus guardias vestidos de azul, nos conmovió tanto como el edificio de Lundagatan 47 (un modesto edificio gris en una calle empinada, en los extramuros de lo que antes era un barrio obrero), o el edificio añoso pero bien conservado, arriba de la colina de Mosebacke, en Fiskargatan 9 (donde imaginé a Lisbeth gastando las millones de coronas suecas que había robado cibernéticamente a un hampón de alta sociedad y que había escondido en una cuenta de un banco en Gibraltar), o el edificio barroco de la calle Bellmansgatan 1, donde Mikael Blomkvist amaba a varias mujeres, comía sánguches de queso y se devanaba los sesos tratando de zafarse de la telaraña en la que, buscando una verdad esquiva, tratando de hacer justicia, se enredaba más y más. Ningún escritor me había secuestrado tan poderosamente como Stieg Larsson. Ningún escritor me había humillado tanto como él (pues leyéndolo comprendí la insignificancia de mis libros). Ningún escritor me había dopado al punto de obligarme a viajar al país donde ocurrían sus ficciones para sentirme en cierto modo parte de ellas o para sentir que esas ficciones no eran del todo falsas, que había en ellas un punto de verdad, una realidad que solo sus lectores más leales podíamos hallar. Por eso vine a Estocolmo, no para comprar ropa ni para hacerme un corte de pelo vanguardista (es curioso cómo les gusta a los suecos jugar con su pelo) ni para recorrer palacios y museos. Vine para agradecerle a Larsson, ya tarde, los viajes alucinados a los que me arrojó de bruces con sus ficciones, para agradecerle por el efecto narcótico, adictivo, que sus libros operaron en mí, para encontrar a Lisbeth Salander en alguna madriguera o escondrijo de Södermalm. Una noche, saliendo del bar del hotel Rival (cuyo propietario, Benny Andersson, fue cantante del grupo Abba), caminé un par de calles y me metí a un Seven Eleven (es notable la cantidad de Seven Elevens que hay en Estocolmo) y estuve seguro de que esa mujer flaca, de pelo negro, muy corto, con los brazos musculosos, tatuados, sin maquillaje, con ojos felinos, asustadizos, era ella, Lisbeth Salander. Era idéntica a la actriz sueca que daba vida a Lisbeth en la primera película de la trilogía que había visto en un cine de Madrid (“Los hombres que no amaban a las mujeres”, que, según mi amiga Stella Wilde, debería llamarse, en rigor, “Los hombres que odiaban a las mujeres”), era exactamente como la Lisbeth que me había imaginado leyendo las novelas de Larsson. Estaba sola, comiendo un plátano y mirando a todos de soslayo, como si estuviera a punto de salir corriendo, huyendo de algún enemigo gigante y desalmado que quería matarla. Me acerqué a ella y le pregunté si era Lisbeth. Me dijo en inglés que ella estaba dispuesta a ser quien yo quería que fuese, siempre que le comprase chocolates. Le pregunté si podíamos sentarnos en el parque Mariatorget. Me dijo que primero tenía que comprarle una Coca-Cola, un dounut y tres chocolates Snickers en miniatura. No dudé en complacerla. Por suerte mi amiga Stella Wilde dormía en el Lydmar, sedada por mis pastillas. Caminamos al parque, nos sentamos en una banca, comió los tres Snickers en miniatura sin invitarme ninguno (yo sabía que Lisbeth era egoísta al punto de rozar la crueldad) y luego, sin decirme nada, me besó. Fue un beso largo, violento, desesperado, un beso que era el primero y sin duda también el último. Me mordió los labios, dejándome un sabor a sangre. Luego se fue deprisa, sin voltear a mirarme. Estoy seguro de que era Lisbeth Salander. Estoy seguro de que Stieg Larsson no se la inventó, de que ella aún está viva y de que yo la besé una noche de agosto en un parque Mariatorget de Södermalm, a las tres y media de la mañana.


Autor: Jaime Bayly.