David Alonso De la Cruz

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lunes, 17 de agosto de 2009

Yo besé a Lisbeth Salander

Cuando vivía en Eskilstuna al oeste de la capital de Suecia, y eso fué antes de rentar un departamento con un compañero de alquiler, un viejo uruguayo testigo de Jehova, mucho antes que esa experiencia mistica, recuerdo que cohabitaba con dos jóvenes, uno era iraníe y el otro un rubio cenizo de estatura baja y enjunco venido de Varsovia; este polaco menudo ya lo venía conociendo desde que radiqué al inicio del invierno sueco del año 1990 en Upplands-Väsby, era un chico buena onda, al que le enseñaba un poco de castellano, y era muy inteligente para recordar la jerga sobre todo peruana, me divertía hacerlo hablar como un limeño tipico, lamentablemente tuvimos que mudarnos por lo que lo dejé de ver por mucho tiempo, pero no fué hasta que esta mañana al leer el diario mientras desayunaba, un artículo de la columna de Jaime Bayly, que me hiso recordarlo de manera reconfortante, a pesar que el polaco fumaba como chino en quiebra, (una de las razones por las que me mudé de departamento), aún así recuerdo las largas caminatas por las calles viejas pero hermosas de Estocolmo, y como en efecto Jaime describe con los nombres largísimos de sus calles, yo recuerdo haber paseado con mi amigo y sus cigarrillos por esos parques y hasta haberme sentado en esas mismas bancas públicas, pero eso sí fue en verano, porque en invierno escandinavo difícil que hubiera podido salir a pasear como soliamos hacerlo acostumbrado a recrear la vista por los parques y sobre todo al sentarse en una banca pública en pleno invierno; era cosa nada agradable para mis posaderas latinas, por el intenso frio que este hombre de tropico pudiera soportar. Y por el recuerdo de mi amigo Polaco, les dejo a continuación el artículo en mención que me hiso evocarlo con una placentera sonrisa amical y la sensación del humo de sus cigarros rusos:
Yo besé a Lisbeth Salander
Llegando a Estocolmo, mi amiga danesa Stella Wilde (ningún parentesco con Oscar) se quejó de que el hotel Berns (donde tocó recientemente Mika) apestaba a basura y el baño de su habitación (porque ella había pedido una habitación separada de la mía, pues no toleraba verme dormir con zapatos ni mis ronquidos pedregosos) olía a cloaca, a alcantarilla, a antigua mierda sueca. Stella Wilde era muy refinada y por eso era justo complacer sin más sus caprichos. Dejé mis cosas en la habitación del Berns (que era un hotel viejo, que olía a viejo, que olía a basura porque habíamos tenido la mala suerte de llegar precisamente en el momento en el que el camión de basura estaba recogiendo los desperdicios del hotel, y que indudablemente apestaba a cloaca en los baños, pero eso no me disgustaba o no me disgustaba del todo, pues lo impregnaba de una cierta sordidez humana que nos recordaba que solo estábamos de paso) y llevé a mi amiga Stella al hotel que ella conocía en Estocolmo, el Grand. Era un hotel majestuoso, señorial, el hotel donde se alojaban los ganadores de los premios Nobel. Pedimos una habitación para ella, pero estaban todas ocupadas por señores que parecían de alguna realeza en el exilio y caminaban con sombrero y bastón, como salidos de “Muerte en Venecia”, así que nos resignamos a tomar el té en la biblioteca y le pedí a Stella que me hiciera una foto porque sabía que nunca me la haría con el Nobel, como quizá se la hicieron en esa biblioteca Gabo y Paz (y espero que se la haga Vargas Llosa). El azar, ese dios veleidoso que guía nuestros pasos, nos llevó, de camino al National Museum, a un hotel recientemente inaugurado, el Lydmar, en la misma calle del Grand, una calle de un nombre tan largo, Södra Blasieholmshamnen, que me sorprende haber vencido la pereza y conseguido escribirlo. El Lydmar era un palacete modernista, el refugio barroco de los ricos y famosos, una mansión donde todo lucía bello e inmaculado, al punto que me sentía un intruso, una mancha hedionda, y temía que alguien me expulsara a patadas de allí, pero por suerte me escondía detrás de Stella Wilde, quien capturaba las miradas de hombres y mujeres. Los empleados del hotel vestían de negro y eran todos absolutamente deseables y a todos les hubiera requerido alguna forma innoble de amor sin preguntarles su nombre y pagando si fuera el caso. Todos los muebles, candelabros, libros y cuadros del Lydmar me los hubiera robado para la casa en la que siempre soñé vivir y en la que nunca viviré (porque tal vez un escritor nunca consigue vivir donde quisiera vivir y vive a duras penas en sus libros). Stella Wilde se instaló con aire lánguido y ausente en una suite del Lydmar que no era precisamente barata (cinco mil coronas la noche), pero ella sabía que su belleza era tal que no tenía precio (o, como se dice con cierta ordinariez, que se trataba de una mujer de alto mantenimiento) y que nada de lo que yo gastase por contemplarla (y, si tenía suerte, por rozarla) compensaría el incalculable deleite que me procuraba su sola presencia, la aventurera decisión que había tomado en un bar de Copenhague: la de viajar conmigo, un extraño, un peruano, un hombre gordo con boina y el hígado estragado, a caminar las calles de Estocolmo, que ella se jactaba de conocer. En efecto, comprobé que me asistía una guía de lujo. Me llevó a la isla sureña de Södermalm y me hizo fotos en el departamento modesto donde vivió Lisbeth Salander (el que luego cedió a su amiga lesbiana Mimi) en la calle Lundagatan, y en el departamento lujoso que compró Lisbeth, en las alturas de la calle Fiskargatan, tras saquear cibernéticamente las cuentas de un magnate inescrupuloso y hacerse muy rica, desde las cuales se alcanzaban a ver al National Museum y el Lydmar, al otro lado del remanso de agua báltica del lago Mälarem, y frente al edificio de la calle Bellsmangatan 1, donde vivió el periodista Mikael Blomkvist. Fue un momento emocionante para mí y creo que para ella también, pues ambos habíamos leído, hechizados, raptados por el vértigo perverso de su prosa, la trilogía de Stieg Larsson, y nos resistíamos a creer que Lisbeth Salander era una criatura ficticia y, todavía aturdidos por el poder persuasivo de esas novelas, estábamos seguros de que ella existió y vivió en ese edificio gris de Lundagatan y luego se mudó a ese otro edificio de Fisgartan y nadie en el mundo nos convencería de que Stieg Larsson se inventó todo y Lisbeth fue solo una mujer que él imaginó en sus últimos días delirantes y ermitaños, envuelto en una nube de tabaco que le costó la vida. Mi amiga Stella me llevó al edificio de la revista donde murió Larsson (o donde le dio un infarto, pues acabó de morir en una ambulancia, camino al hospital).Aquel día funesto de 2004 era la una de la tarde, Larsson había terminado su trilogía desmesurada y genial, fue a trabajar a la revista, apretó el botón del ascensor, no funcionaba (el azar, siempre el azar), subió por las escaleras hasta el séptimo piso y poco después le sobrevino un infarto.Tenía cincuenta años, fumaba mucho (dicen que dos cajetillas diarias) y no dejó escrito un testamento. Su trilogía ha vendido más de veinte millones de ejemplares en distintos idiomas; no es fácil encontrar a un sueco que no haya leído al menos una de las tres novelas de “Millennium”. La mujer de Larsson, Eva Gabrielsson, con la que nunca se casó (seguramente para preservar el amor), no ha podido heredar una sola corona de las cuantiosas regalías. Como Larsson cometió el descuido de no dejar testamento, los herederos de la vasta fortuna que sus libros han dejado terminaron siendo (el azar, de nuevo el azar) su padre Erland y su hermano Joakim, con quienes tenía una mala relación (como era de suponer en un buen escritor).Nunca había viajado a una ciudad imantado por el poder magnético de un escritor. Vine a Estocolmo por culpa de Larsson o gracias a Larsson. En los bares de lesbianas de Södermalm, creía ver a Lisbeth Salander (muy flaca, musculosa, tatuada, ágil y astuta como un gato). En los cafés refinados de Östermalm, creía ver al tutor depravado de Lisbeth, ese sátiro que abusó de ella. En los parques apacibles y floreados de Södermalm, o en el bar bohemio del hotel Rival, creía ver a Mikael tomándose una cerveza, tratando de desenredar la maraña infinita en la que, a riesgo de su vida, su vocación de justiciero lo había metido. No era yo el único forastero que caminaba aquellas calles buscando las casas donde vivieron Lisbeth y Mikael. De vez en cuando, me cruzaba con gente solitaria, extraviada, poseída por la misma enfermedad, sedada o excitada por el mismo poder febril de las palabras de un escritor, y les decía qué calles debían recorrer para llegar al lugar donde nuestra heroína se escondía de Todo lo Malo. Uno de los taxistas se rio de mí y me dijo: Pero esa chica no existió, nunca vivió allí, todo es mentira, es solo una novela. Yo le dije: se equivoca, señor, Lisbeth Salander existió, vive aún y es mi amiga. El taxista me miró con una mezcla de incredulidad y desdén y decidió que no le convenía conversar con chiflados que venían desde tan lejos a buscar fantasmas que solo habitaban en los libros de un sueco ya muerto. Después de visitar los lugares más memorables de las novelas de Larsson y hacernos fotos en ellos y hacerles fotos a otros adictos a sus novelas (por lo general, gente taciturna, melancólica, de países inverosímiles, como Islandia o Polonia), nos resignamos a visitar los museos, el National, el de Arte Moderno, el Vasa, que exhibe una balsa vikinga que se hundió siglos atrás y fue reflotada, pero ningún cuadro de Picasso o Gauguin, ninguna escultura de Rodin, ningún vestigio de la vida y la historia escandinavas, incluyendo sus palacios reales y sus guardias vestidos de azul, nos conmovió tanto como el edificio de Lundagatan 47 (un modesto edificio gris en una calle empinada, en los extramuros de lo que antes era un barrio obrero), o el edificio añoso pero bien conservado, arriba de la colina de Mosebacke, en Fiskargatan 9 (donde imaginé a Lisbeth gastando las millones de coronas suecas que había robado cibernéticamente a un hampón de alta sociedad y que había escondido en una cuenta de un banco en Gibraltar), o el edificio barroco de la calle Bellmansgatan 1, donde Mikael Blomkvist amaba a varias mujeres, comía sánguches de queso y se devanaba los sesos tratando de zafarse de la telaraña en la que, buscando una verdad esquiva, tratando de hacer justicia, se enredaba más y más. Ningún escritor me había secuestrado tan poderosamente como Stieg Larsson. Ningún escritor me había humillado tanto como él (pues leyéndolo comprendí la insignificancia de mis libros). Ningún escritor me había dopado al punto de obligarme a viajar al país donde ocurrían sus ficciones para sentirme en cierto modo parte de ellas o para sentir que esas ficciones no eran del todo falsas, que había en ellas un punto de verdad, una realidad que solo sus lectores más leales podíamos hallar. Por eso vine a Estocolmo, no para comprar ropa ni para hacerme un corte de pelo vanguardista (es curioso cómo les gusta a los suecos jugar con su pelo) ni para recorrer palacios y museos. Vine para agradecerle a Larsson, ya tarde, los viajes alucinados a los que me arrojó de bruces con sus ficciones, para agradecerle por el efecto narcótico, adictivo, que sus libros operaron en mí, para encontrar a Lisbeth Salander en alguna madriguera o escondrijo de Södermalm. Una noche, saliendo del bar del hotel Rival (cuyo propietario, Benny Andersson, fue cantante del grupo Abba), caminé un par de calles y me metí a un Seven Eleven (es notable la cantidad de Seven Elevens que hay en Estocolmo) y estuve seguro de que esa mujer flaca, de pelo negro, muy corto, con los brazos musculosos, tatuados, sin maquillaje, con ojos felinos, asustadizos, era ella, Lisbeth Salander. Era idéntica a la actriz sueca que daba vida a Lisbeth en la primera película de la trilogía que había visto en un cine de Madrid (“Los hombres que no amaban a las mujeres”, que, según mi amiga Stella Wilde, debería llamarse, en rigor, “Los hombres que odiaban a las mujeres”), era exactamente como la Lisbeth que me había imaginado leyendo las novelas de Larsson. Estaba sola, comiendo un plátano y mirando a todos de soslayo, como si estuviera a punto de salir corriendo, huyendo de algún enemigo gigante y desalmado que quería matarla. Me acerqué a ella y le pregunté si era Lisbeth. Me dijo en inglés que ella estaba dispuesta a ser quien yo quería que fuese, siempre que le comprase chocolates. Le pregunté si podíamos sentarnos en el parque Mariatorget. Me dijo que primero tenía que comprarle una Coca-Cola, un dounut y tres chocolates Snickers en miniatura. No dudé en complacerla. Por suerte mi amiga Stella Wilde dormía en el Lydmar, sedada por mis pastillas. Caminamos al parque, nos sentamos en una banca, comió los tres Snickers en miniatura sin invitarme ninguno (yo sabía que Lisbeth era egoísta al punto de rozar la crueldad) y luego, sin decirme nada, me besó. Fue un beso largo, violento, desesperado, un beso que era el primero y sin duda también el último. Me mordió los labios, dejándome un sabor a sangre. Luego se fue deprisa, sin voltear a mirarme. Estoy seguro de que era Lisbeth Salander. Estoy seguro de que Stieg Larsson no se la inventó, de que ella aún está viva y de que yo la besé una noche de agosto en un parque Mariatorget de Södermalm, a las tres y media de la mañana.


Autor: Jaime Bayly.

lunes, 22 de junio de 2009

Un estereotipo intolerable


Si una persona es culta porque puede estar horas al día leyendo un libro...


Considero que hay un estereotipo intolerable en lo que significa cultura entorno a la lectura y las demás artes.
Imaginemos un niño que en el recreo se sienta aislado en un escalón. Depende de la actividad que haga nos va a suscitar un pensamiento distinto: si está leyendo un libro es un niño muy culto, si está escuchando música es un inadaptado, mientras que si está pintando tiene problemas psicológicos.
Es una falta de respeto que la gente considere la cultura de una persona proporcionalmente a la cantidad de libros que lee; si una persona es culta porque puede estar horas al día leyendo un libro ¿por qué no se considera como tal si se está horas al día tocando un instrumento musical?
Si una persona es culta porque puede estar horas al día leyendo un libro...
Puede que yo no lea ningún libro, pero mientras que una persona esté absorta en una novela puede que yo esté leyendo una enciclopedia sobre cómo funciona el universo y la naturaleza que nos rodea, pero yo no seré culto.
Una amiga comentó que en un viaje de estudios surgió el tema de "El Quijote" y sintió mucha vergüenza porque sólo dos personas podían participar en la discusión. ¿Y si la discusión hubiese sido por ejemplo sobre la evolución filogenética o sobre los hábitos alimenticios y esas dos personas no hubieran podido participar?
Me parece una vergüenza que personas que creen que la evolución es un mono que se fue transformando paulatinamente en un hombre o que la corteza del pan engorda más que la miga se crean más cultos que yo porque ellos leen libros, y yo aun sabiendo cómo son esas cuestiones en realidad, si toco un instrumento en vez de leer, no lo sea.

miércoles, 4 de marzo de 2009

Girl with a Pearl Earring. (Johannes Vermeer)

Acerca de Tracy Chevalier.- (1962, Washington DC.)
Curso estudios de lengua y literatura inglesa en el Oberlin College de su ciudad natal. Después de graduarse viajó a Londres en 1984, donde se casó, tuvo un hijo y reside en la actualidad. Trabajó durante un tiempo como editora pero abandonó esta actividad para realizar un curso de escritura creativa en la Universidad de East Anglia. En 1997 publicó su primera novela, "El azul de la virgen", y en 1999, "la joven de la perla", best seller internacional del que no tardó en rodarse una pelicula de similar éxito, dirigida por Peter Webber y protagonizada por Scarlett Johansson y Colin Firth, entre otros. "Ángeles fugaces" (2001), ambientada en la Inglaterra de comienzos del siglo XX, tras la muerte de la Reina Victoria y "La dama y el Unicornio" (2004), centrada en el medievo a través de la iconografía de los tapices, son sus últimas obras.



¿Quién era la muchacha con el arete de perla?

¿Quien es esa muchcacha que parece sonreirnos, bajo un complicado tocado azul, con una perla como único adorno? La modelo que utilizó Johannes Vermeer en uno de sus cuadros más famosos y admirados es un misterio que Tracy Chevalier tomó como punto de partida para escribir una de las mejores novelas históricas de nuestro tiempo: "La joven de la perla".
En ella Griet, una muchacha holandesa de dieciséis años, entra a formar parte del servicio en la casa del afamado pintor Johannes Vermeer. Allí, seis niños malcriados campan por sus respetos bajo la volatíl mirada de Catharina, la mujer del pintor, su madre, María Thins, y una ama de llaves, Tanneke, leal a las dos mujeres que regentan la casa. Griet tiene una manera particular, llena de devoción, de mirar lo que la rodea. Una sensibilidad que, a pesar de la distancia que marca la educación y la clase social, coincide con la de Vermeer. Algo que él ha percibido y que le ha llevado a introducirla en su mundo de artista. La intimidad que crece entre ambos, los rumores que proceden de la envidia de sus iguales, de la lujuria de Van Ruijven, mecenas del pintor, y de los celos de las mujeres harán que, tarde o temprano, llegue el escándalo.





Argumento de la pelicula

Delft, Holanda, 1665. Griet, de 17 años, se ve obligada a trabajar para mantener a su familia, ya que se está hundiendo en la pobreza tras una explosión que ha dejado al padre ciego, y así, incapacitado para realizar su trabajo. La joven cambia de residencia al comenzar a prestar sus servicios como criada en casa del pintor Johannes Vermeer. Pero, éste no es el único cambio para ella. Además de pertenecer a diferentes clases sociales, tampoco comparten su rama religiosa, por lo que Griet, siendo protestante, debe alejarse de las prácticas católicas. Entre muchas de las tareas que tiene que hacer, una es limpiar el estudio de su amo. Es su momento preferido del día en su nueva vida, ya que desde la primera vez que entra a ese cuarto siente una gran fascinación por la pintura de Vermeer. Éste descubre la capacidad de la criada de comprender la luz, los colores y la composicón. Poco a poco, la va introduciendo en su mundo, incluso pide la opinión de sus obras y le encomienda la fabricación de las pinturas. Griet debe buscar tiempo para combinar esta tarea con sus otras obligaciones, y hacerlo a escondidas para que nadie sospeche de ello. Sin embargo, el interés que muestra Vermeer por la joven no tarda en provocar celos en Catharina, su mujer, y Cornelia, una de sus hijas, que intenta conseguir el despido de la criada realizando juegos sucios. Pero la muchacha no sólo despierta el interés del pintor, sino también de Pieter, un joven carnicero, con el que comienza a mantener un noviazgo y que está dispuesto a casarse con ella; y de van Ruijven, el mecenas de Vermeer, que se siente frustado porque a pesar de su fortuna el pintor se niega a pintarlo junto a Griet. Viendo las intenciones de su patrón respecto Griet, Vermeer acepta pintar un retrato de ella para su gabinete privado, para que así sacie su pecado. El tiempo que pasan juntos en el estudio a escondidas crea una relación más íntima entre amo y sirvienta, haciendo que ésta se enamore cada vez más de él. Pero no se siente segura de sus sentimientos. Maria Thins, suegra del pintor, no tarda en darse cuenta de la relación clandestina que hay entre ellos, aun así la permite porque es necesario que pinte cuadros para poder mantener el estilo de vida al que están acostumbrados. Una sirvienta es la protagonista de la película Girl with a pearl earring (en español, La joven de la perla) del director Peter Webber que salió en el 2003. La historia de la película está basada en la novela homónima de Tracy Chevalier e inventa una trama romántica a partir de la vida del pintor, del que existe muy poca información biográfica. La duración de la película es de 95 minutos y además de Johansson cuenta en el elenco con Colin Firth, Tom Wilkinson, Judy Parfitt, Cillian Murphy y Essie Davis. La película, siguiendo la novela, abunda en detalles irreales e inventados sobre la biografía de Vermeer, e incurre en la contradicción de presentarlo como un pintor pobre, pero con criados. Si algo sabemos con certeza es que no vivió de pintar. Y lo cierto es que la hipótesis más creíble sobre la identidad de la Muchacha (o joven) de la perla es que fuese una de sus hijas.




¿Dama o amante? ¿quién era realmente la joven cuyo rostro ha impreso un sello indeleble en la historia del arte? Nadie lo sabe a ciencia cierta. Gran parte de su pasado es un misterio. Cuando fue redescubierta en 1882 el cuadro estaba sucio y descuidado. “La muchacha con el arete de perla” de Johannes Vermeer, de 1665, es hoy considerada universalmente una obra maestra. A lo largo de los siglos ha inspirado a artistas, escritores y cineastas. Sus labios rojos carnosos, sus ojos vivaces y su mirada fugaz por encima del hombro –como si alguien la hubiese llamado y ella se hubiese dado vuelta– hacen preguntarse quién pudo haber sido. Pero los historiadores del arte no están seguros siquiera de que Vermeer haya usado una modelo. Si acaso existió, la joven pudo haber lucido muy diferente al rostro que se ha popularizado en el ámbito artístico mundial. “No es una muchacha. Es una figura idealizada”, opina Frederik Duparc, director de la galería Mauritshuis que funciona desde 1903. “Vermeer no estaba interesado en hacer una representación fotográfica”. UN LIBRO Y UNA PELÍCULA Un libro y una película sobre esa obra maestra del siglo XVII, un recuento conjetural sobre una mucama pobre que posó para Vermeer luciendo los aretes de su esposa, han aumentado en un 40 por ciento el número de visitantes a la galería. Antes del rodaje, el director de cine Peter Webber hizo varias visitas al museo que se alza detrás del Parlamento holandés en La Haya. Los protagonistas Scarlett Johansson y Colin Firth estudiaron la pintura, de sólo 45 x 38 centímetros, y escucharon las explicaciones de Duparc sobre el dominio de Vermeer de los efectos de luz y tono. El estreno en diciembre también atrajo la atención sobre Delft, la ciudad de Vermeer, a 13 kilómetros de La Haya. Para los holandeses, Delft es más conocida como sede del fundador de la Casa de Orange en el siglo XVI y desde entonces necrópolis de la familia real. Aunque en la época de Vermeer La Haya estaba a sólo una hora de carruaje de Delft –hoy muchos van y vienen en bicicleta–, el artista nunca la visitó. Por cierto, al parecer nunca salió de Delft. Los turistas recorren los senderos medievales de la ciudad donde Vermeer se esforzaba por ganarse la vida vendiendo cuadros. Los historiadores dicen que se ha preservado el 80 por ciento de la entonces próspera ciudad, con sus catedrales góticas y casas con tejados entre canales estrechos atravesados por puentes de piedra. Pero no queda nada de su vida, de la que poco se conoce. Las casas en las que vivió fueron destruidas u olvidadas con el tiempo. MURIÓ EMPOBRECIDO Los visitantes exploran el lugar a la orilla de un canal donde el artista creó su “Panorama de Delft”, un estudio de luz y sombras, nubes espesas, reflejos en el agua y el perfil de la ciudad. Muchas de las casas todavía pueden reconocerse, pero las dos entradas y el muro que aparecen en la pintura han desaparecido. Desde entonces el canal ha sido ampliado. Actualmente, grandes barcazas pasan llevando desperdicios desde La Haya hacia un incinerador junto al mar en Rotterdam. Vermeer murió empobrecido en 1675. No se sabe dónde está enterrado, aunque su muerte quedó inscrita en un registro eclesiástico. En el siglo XX se colocó una placa en el piso de un templo, eclipsada por las lápidas de clérigos y laicos que se ganaron la vida pirateando buques españoles. Mientras contemporáneos suyos como Rembrandt ganaron fama en vida, Vermeer no fue descubierto hasta el siglo XIX cuando emergió la primera de sus pinturas de una colección privada. El cuadro del arete también surgió de la oscuridad. El primer registro de su existencia proviene de 1882 y hoy no tiene precio. El museo se niega a revelar por cuánto lo tiene asegurado en las escasas ocasiones en que lo presta para exhibiciones. Un cuadro de Vermeer recientemente autenticado –el número 36– será la primera de sus obras en salir a la venta en 80 años. La casa Sotheby’s anticipa que el cuadro “Joven sentada junto a una espineta” podría venderse por más de 3 millones de libras (5.4 millones de dólares) en la subasta señalada para el 8 de julio en Londres. ¿Y quién era la muchacha del arete? ¿acaso la hija del artista? ¿la hija del cliente acaudalado que le compraba sus cuadros? ¿o una mucama? “Lo agradable es que no sabemos”, afirmó Duparc. “A todos nos gustan los misterios, ya que nos permiten fantasear. Sería una decepción que lo descubriésemos”.


Una de las fuentes más útiles y amenas sobre la Holanda del siglo XVII es The Embarrassment of Riches: An Interpretation of Dutch Culture in the Golden Age (1987) de Simon Schama.

Lo poco que se sabe de la vida de Veermer y su familia ha sido minuciosamente documentado por John Montias en Vermeer and his Milieu (1989). El catálogo de la exposición de Vermeer organizada en 1996 contiene hermosas reproducciones y análisis lúcidos de los cuadros.