David Alonso De la Cruz

Mostrando entradas con la etiqueta cuentos breves. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cuentos breves. Mostrar todas las entradas

jueves, 11 de agosto de 2011

Carbamazepina de 200mg, lleve Hoy caserita!!



ACTIVAR PRIMERO EL VIDEO Y LUEGO PRECEDER A LEER LA NOTA, gracias:




- “Carbamazepina dánoslo hoy cada día” -


- “Carbamazepina dánoslo hoy cada día” -

Esa tarde del arribo a partir de los seis días restantes, siempre que solíamos salir los cuatro en plan de marcha hacia las afueras del centro, ya en el trayecto el pilluelo este nos vociferaba alzando con una mano la botella de coñac y con el otro el pucho, lo que conllevaba a que nos dividiéramos, los nórdicos mochileros rumbos a la central del metro, quedándome con el moro regordete; y el “guía” supuesto voluntario que acepté porque deduje que era peruano a pesar de la pinta de gallego que tenía a su edad madura. Nos dijo, para empezar el dialogo; que la maldita leche, que él tenía la visión que otros no poseían, desde que el mundo aceptará a un Jesús sin amor, aunque vuestra Iglesia patriarcal haya degradado a María de Magdala hasta convertirla en una puta, si eso en una puta, coño. Y tan igual que a San Francisco rechazó a Santa Clara a quien sin lugar a duda amaba ardientemente, porque sabía que sólo uno puede reinar con amor puro, absolutamente puro y ese era Jesús, un judío, el primero realmente socialista de las clases minoritarias y a la que los judíos mandaron a matar en manos de unos lacayos romanos, joder coño, maldita la leche que los pario. Haciendo gala de su ateísmo concienzudo. Y así vociferando por las calles en unos vaivenes notoriamente escandalosos, y bipolar delante de las jóvenes parejas que paseaban a orillas de ese rio cerca al estadio del real Madrid, donde también cercano quedaban los dormitorios dúplex que arrendaban unos míseros pichicateros unos cuartos que apenas se les comparaba a mazmorras con camas pulguientas del siglo XII.
Ni tampoco entendió ni yo ni mi amigo a quien quería con los cojones que se tiene más que a un hermano de sangre, el por qué teníamos que acompañarlo a sentarnos en la tumba de un tal Maratin, en un panteón y ¿qué coño hacíamos allí tan tarde pasada la media noche?, mirándolo como se prendía un pitillo de hachís, o de lo que sea… marihuana inca, que comentaban los turcos eran de las mejores para stonearse un fin de marcha. – Sanctus, sanctus, sanctus, ¡Dominus deus Sabaoth! - expectoraba en un perfecto latín también aquél voluntario guía “turístico”. Sentado sobre la tumba de sabe Dios quien fuera Maratin.
El río estaba a pocos metros a un puente que lo cruzaba cerca al jardín del parque de san Isidro, pero ni mi amigo ni yo entendíamos porque un peruano que hablaba con acento español, tan natural, no hablara como peruano, sino como uno más de por ahí, lo supimos luego, cuando sobrio seguía hablando como español, debido a que estaba indocumentado y vivía de eso, no sólo de consumir hachís, sino vender pastillas a los quinceañeros en las entradas de las discos, es que allí los chavales andaban tan desarrollados que parecían jóvenes de 21 años, la mayoría de edad en la madre patria, y mi amigo Constancio, moro de nacimiento pero cuya barriga y barba le semejaba a un sultán de esas épocas de las cruzadas, al mando de Al-Nāsir Salāh ad-Dīn Yūsuf ibn Ayyūb ( صلاح الدين يوسف الأيوبي, que quiere decir Yusuf, hijo de Ayyub), más conocido en occidente como Saladino.
En fin, el tío de marras, resultó ser un limeño nacido durante la revolución de Juan Velasco Alvarado cuyo padre abogado de profesión fue perseguido por la dictadura militar, este ayudó a su hijo a que cruzara la frontera en Ecuador hasta Guayaquil y de allí rumbo a Madrid a sus 18 años de edad, su padre cayó preso poco después de verlo partir y allí en las oscuras cárceles del penal de la Isla de San Lorenzo, murió ajusticiado por que su único deleito fue amar la libertad de expresión. Y así fue como Crespín Anampa Castillo llegó a Madrid, y sin ayuda de nadie, ilegal por más de 23 años, actualmente en su edad avanzada seguía probando la sal dura de la vida. Crespín nos acogió durante esos siete días, que estuvimos como turistas que acabamos de llegar desde Oslo, Noruega, donde laborábamos como editores de una revista subvencionada por el Gobierno real de Noruega, para la comuna latina que residía en la ciudad de Oslo. Y en nuestras vacaciones de verano siempre los cinco integrantes de la oficina solíamos escoger lugares turísticos de Europa para viajar en esos quince días, pero ese año (1989) el mismo año que en Suecia (meses más tarde) el Dalai Lama líder religioso y político tibetano fuera galardonado con el premio nobel de la Paz y el líder islamista Ayatolá Jomeini ofrecía una recompensa de tres millones de dólares a quien asesine al escritor angloindio Salman Rushdie por entender que su novela “Los versos Satánicos” ofenden al Islam. Y no había nada en ello, porque justo uno de nuestros acompañantes de viaje; SVEN AKE Alfhors, se le ocurrió justo llevar ese libro y pasó en manos de todos, que lo leímos ávidamente, en el avión, aunque el vuelo durara escasa horas hasta el aeropuerto de Barajas en Madrid.
Siempre tuve la idea de que el “perucho”, como les decía aquí a los peruanos, la pinta que tenía más de un pueblerino de Extremadura o sacado de una pequeña ciudad de Valencia con esa barba tan espesa y los pelos ensortijados sobre esa piel blanca que exuberante el majo enseñaba el pecho, con sus camisas bien abiertas debido al infernal calor del verano que había incluso a media noche, lo llevaba de suerte, porque a decir verdad no parecía ser peruano y menos nacido en Magdalena de madre trujillana. Y cuando lo veía al lado de mi amigo rechoncho Constancio, más parecía este venido de aquellos suburbios marginales de Ate Vitarte o San Juan de Lurigancho, por su piel cetrina y casi imaginablemente arenosa lo hacía más digno ciudadano peruano de Nebraska-Perú. Amante de las salchichas y los gazpachos y la paellas, no dejaba nada ni un arroz, y de bebidas se trataba acababa con tomarlas todas, haciendo que su amistad breve acrecentará con las de Crespín Anampa Castillo, ciudadano del mundo, Cosmopolitan, sin documentación alguna y viviendo de aquí para allá y para Alá, con una reducción de la asistencia social mínima para decir abiertamente que se conocía todo Madrid que era enorme, pero sin un pedacito de mar, ni de aguas que formen olas espumosas, lo que desesperaba de Madrid. Y la camiseta deportiva del Real Madrid asquerosamente desteñida, ventiunica que llevó puesto los siete días que solíamos encontrarnos con él en las entradas laterales del parque San Isidro a un costado del panteón, y me preguntaba porque no podíamos encontrarnos al otro lado del puente en el parque más grande conocido como Jardines, parque del retiro, que era mucho más grande y menos notorio como para que dos individuos se stonearan tan temprano, ya que su carbamazepina, y los cristales que se tomaba ambos los transportada ipso facto al vahalla y los reinos del shamballa, y les daba con eso la “lora” y no dejaban de hablar de platón y hasta de los quinta esencias de los druidas celtas…. Y yo hubiera ido preferir irme con mi amigo Sven Ake y el otro compañero sueco que nos acompañaba para alojarme en un hotel modesto en la calle santa Amalia, mejor dicho era una casita pensión de una par de viejecita de un convento que para ayudarse daban pensión a turistas solamente por unos cuantos pesos; 360 para ser exactos. Y no era que por amarrete, sino por ahorrarlos prefería tenerlos bien guardaditos en el dobles del pañuelo como siempre, porque en la billetera ni dos pesos llevaba por si las moscas, me habían advertido que si me iba a España tuviera mucho cuidado con los hurtos y ya que habían tantos ecuatorianos viviendo en la capital, los asaltos a los turistas era el pan de cada día, así que la billetera la tenía limpia, y el pañuelo lo habitual de siempre, mi dinero bajo buena protección, “bajo alforjas” como dirían los templarios de castilla” hace siglos.
¡In hoc signo Vinces!, gritaba el peruano, ¡In hoc signo Vinces! Vociferaba, mientras se querían arrancar el pelo en pecho que lo tenía en abundancia o se tocaba el cabello que también espeso lo tenía en abundancia pese a sus más de cuarenta años; y otra vez ¡In hoc signo Vinces! Con un acento bien castellano, expectoraba, y mientras veía a mi compañero moro, tirado en el suelo cagándose de la risa, con la botella vacía ya, a tan tempranos horas de la mañana, les juro que quería largarme a buscar a mis otros dos compañeros que deberían seguro estar ya desayunado tocinos revueltos con huevo en esa pensión de la caridad, los añoré, pero era porque temía que vendría la policía al llamado de algún escandalizado madrileño, pero fue cuando me di cuenta que allí cualquier cosa extraña que sucediera, le era ajena o simplemente les importaba un coño. No era como en Noruega, no allí uno se tira un pedo y en seguida aparecen tres unidades policiacas a ponerte una multa y sanción por agravios y ofensas al ciudadano súbdito de la corona.- ¡In hoc signo Vinces! - gritaba una y otra vez Crespín Anampa Castillo y juro que yo quería tomar el metro, un bus, o ya pues aunque sea un taxi que me llevara al retiro y esconderme allí entre los bosques, porque estos dos tíos me estaba trayendo la mala leche con sus drogas y anfetaminas que tomaba de desayuno, almuerzo, lonche y como postrecito veraniego, lo que no aguantaba es que el indocumentado e ilegal peruano que por más de 23 años había vivido así todo por su pinta de joven mancebo andaluz, le hacía pasar piola delante de la policía de inmigraciones. Y una “lucidez” producto de las drogas, le hacían mecanizadamente ó automáticamente comportarse como todo un caballero madrileño. Volvía a ser el feliz arlequín que alegraba la vida de los otros de manera espontánea. Nunca supe eso que quería decir cuando expectoraba su.- ¡In hoc signo Vinces! - arrancándose los cabellos y los pelos del pecho, cada vez que fumado me miraba solamente a mí, hasta que muchos años más adelante, el día que una novia que tuve de Cracovia de ascendencia peruana, es decir padre peruano cajamarquino, me lo aclaro. Esa noche cuando le conté doce años más tarde esa anécdota de mi viaje a Madrid. – Y todo eso ocurrió así Cielo. Le dije mirándola a sus bellos ojos pardos. Cielo, así se llama ella; con un susurro al que me tenía acostumbrada debido a su sensualidad tan femenina que poseía, me arrulló en la cama diciéndome que.- ¡In hoc signo Vinces! - significa: “BAJO EL PODER DE ESTE SIGNO VENCERAS”.
Y tomó significado y valor todo aquello, porque a las dos horas de haber salido del inmenso Aeropuerto, creía que todo eso era Madrid y solo estábamos recién saliendo del aeropuerto, habían unas gitanas que ofrecían de todo a los turistas, y una de ellas solo por su hermoso cabello azabache, me dejó turbado y le compre por 45 pesos un símbolo gráfico de Dios, es decir un ojo dentro de un triángulo, que decía la gitana era la representación iconográfica del numero tres. El símbolo emblemático no solo de masonería actualmente, sino de los cataros, de los antiguos druidas celtas….Y yo más que por la historia fuera cierta, abobado por la belleza de su cabellera abundante y sus bellos ojos negros, no dejé que me diera el vuelto del billete de 50 pesos que le di, a cambio que fuera ella misma la que me lo colocara sobre mi cuello.
Y seguro, ahora que lo recuerdo, el bendito perucho, perdón peruano ilegal, al verme ese símbolo, en su insano juicio de orate producto de 43 años de vida viviendo con anfetaminas, carbamazepina, cristales de éxtasis, con los que consumía y vendía a los colegios; pudo deslumbrar algo tan igual, como lo que me comento Cielo después de hacerme el amor como una diosa de la isla de Avallon. – “Que el que se cae y se levanta no ha perdido” – y con ese bello mohín tan coqueto que le deslumbraban los pómulos de ambos hoyuelos que se le formaban en su rostro siempre sonrosado y que adquirían un color fucsia cuando terminaba de correrse múltiples veces, al termino de hacerle el amor, fue cuando evoque con nostalgia a mis amigos, aquellos amigos noruegos, y el panza de orangután moro Constancio, a quien todo el mundo en esos inolvidables 7 días en Madrid, lo confundía con peruano estando al lado del perucho drogadicto.
¿Dónde estarán ahora? ¿Qué estarán haciendo ahora? ¿Qué será de la vida de ese drogo perucho? Que odiaba y amaba a los judíos. Y Recordé a Jorge Luis Borges afirmando en su libro de los seres imaginarios “El dragón es capaz de asumir muchas formas, pero todas son inescrutables”. Y vaya que tuvo razón, porque quien sabe que a lo mejor en ese viaje inesperado de carbamazepina, éxtasis y cristales de cocaína, me tope con un dragón que asustado por el símbolo mágico que llevaba colgado en mi pecho, vociferaba amedrentado el ¡In hoc signo Vinces!.
Cerré mis ojos con toda mi fuerza y sólo quise visualizarnos a los tres otra vez juntos caminando abrazados borrachos, completamente ebrios como una cuba, y zigzagueando por esa calles tranquilas, estrechas de Madrid, cantando canciones como si nos conociéramos de toda una vida” Pero, que lamentablemente, el destino no pudo abrigarlas ni compartirlas entre los tres.
Así que abrí mis ojos, al contemplar a mi Diosa cracoviana de ascendencia cajamarquina, desnuda a mi lado, me provoco elevarla nuevamente por cuarta vez esa madrugada al séptimo cielo. Y Cielo Sophie, sin más que decir, con su eterna piel marfil, siempre sonrosada y con los hoyuelos sonrosados, abrió aquel durazno fresco, primaveral y lo dispuso ante su caballero templario que con hidalguía beso primero apasionadamente en nombre de sus dos compañeros que lejos en rumbos habitaban otros mundos quizá paralelos.

WRITTEN BY: David Alonso De la Cruz.

*Para los que quieran contactarme y escribirme, pueden hacerlo en: delacruzmarin@gmail.com

domingo, 13 de febrero de 2011

"if it was so, it might be; and if it were so, it would be; but as it isn´t, it ain´t. That´s logic".

Un escritor, o todo hombre, debe pensar que cuanto le ocurre es un instrumento; todas las cosas que han sido dadas para un fin y eso tiene que ser más fuerte en el caso de un artista. Todo lo que pasa, incluso las humillaciones, los bochornos, las desventuras, todo eso le ha sido dado como arcilla, como material para su arte; tiene que aprovecharlo. Esas cosas nos fueron dadas para que las transmutemos, para que hagamos de la miserable circunstancia de nuestra vida, cosas eternas que aspiren a serlo.
Jorge Luis Borges.

ESTE VIDEO LO DICE TODO, (La música de fondo es el mismo tema de la pelicula "CONTACTO" de Judy Foster.



David Alonso De la Cruz.

*Para los que quieran escribirme, pueden hacerlo en:
delacruzmarin@gmail.com

lunes, 10 de enero de 2011

El recuerdo siempre quedará impregnado en mi alma

Cuando Madonna, te hacía recordar tu infancia...y yo no sabía nada de aquello.

























Hace exactamente tres años, que debimos seguir amándonos o mejor dicho yo recordando con una sonrisa inmensa como el azul cielo que cubre la inmensidad de Magdalena del Mar, un día como hoy, 12 de enero, caluroso y despejado que nos volvimos a encontrar despúes de tantos años de separación mediática, como cuando Sir Justin llegó al hogar vació que tuve allá por los meses del 2000, o mejor dicho de "polizonte", metiéndolo entre mi mochila, y cuando Irene, mi hermana mayor pegó un grito al verlo, sobre el piso de la cocina tomando leche tibia del mismo plato que ella usaba creo para almorzar.
Y te recuerdo a tí, porque fueron tus hermanos que me confirmaban lo bien que te divertías con ellos cuando eras la "princesita" de la casa y tus padres amorosos (sobre todo tu padre) con nostalgía tenían que dejarlos a ustedes encerrados en la casa de San martín de Porres, mientrás ellos iban a trabajar. Pero ustedes si que sabían pasarla bien en la casita, jugando pelota, al acertijo (Buscando tesoros con notas escritas en papelitos), y una que mil travesuras dignas de tu infancia diáfana que conservo como mías vividas, mientras en ese mismo tiempo yo al lado no hacía mucho con Sir Justin el encantador samoyedito que en casa nadie querían que yo tuviera como mascota, o mejor dicho no estaban dispuestos a concederme el anhelo de compartir nuestra casa con un perrito recien nacido, que compré en una veterinaria del Jockey Plaza.
Fuiste tú quien, como cualquier chica de doce años, se aventuraba a escuchar desde el balcón la música estridente de la discoteca que había al frente de tu casita, cruzando la avenida Perú, y desde allí embalconada cuidabas de tu hermano mayor en el momento que cruzaba la pista para entrar a ese recinto y no regresaría sino más tarde, por la madrugada ebrio y tú ya estabas abrazadita a tu almohadita y abrigada calzando tus calcentines blancos de lana bajo tu colcha fucsia.
- Mi hermano el gordo Gutierrez es lo máximo – exclamabas con tus ojitos divinamente coquetos mirando al cielo, lo comentabas graciosísima varias veces, cuando te pedía que me volvieras a contar lo mucho que se divertían los tres en tu casa todos los viernes por la noche.
Y, así fué, de todas las mil y unas cosas que me contabas, la más divertida era aquella que te subías a la cama, vestida con trapitos, ropa vieja y todo lo que encontrarás simulando ser madona, mientras tu hermanito, con su tocadisco de cajita portátil ponía a tocar su longsplay (esos discos grandes de vinilos y duros antiguos de los años ochenta) pensando que era un concierto majestuoso de la reyna de la música pop. Y tú toda coquetísima inmaculada cantando, emulando con microfo en mano sobre el escenario, mientras tu hermano mayor simulaba ser el que vendía la canchita entre el público asistente, en los "cortes", mientras te ibas a tu dormitorio para cambiarte de vestuario para la otra canción, que el gordito Gutierrez, muy habilidoso seleccionaba como experto DJ a sus 18 años de edad. Desde entonces manos a la obra, todos los fines de semana había concierto con estadio lleno alrededor de la cama de tu hermano. Y la música lo más ruidosa posible que la portátil tocadiscos pudiera subirsele el volúmen, podían pasarla entre ustedes tres, bailando al ritmo de Madona. Mientras que yo, en esos instantes, lejos pero cerca ponía en marcha mi plan para que Sir Justin se quedara en nuestro hogar. Pero que no fue necesario porque, Sir Justin con habilidades casi humanas, comenzó adueñándose de la casa y de los corazones de mis tres hermanas mayores, incluso la de Mina, la más dura de roher. ¿Por qué digo que con habilidades casi humanas? Porque Sir Justin no era un perro normal. Es más, estaba completamente seguro que no él no sabía que era un perrito. No se había enterado.
Siempre te prestaba mucha atención, cuando me narrabas con lujos de detalles de lo bien que la pasaban y yo atento sin pestañar pero con una sonrisa a flor, radiando dicha, disfrutaba el momento como si yo también hubiera estado allí, admirando a la Madona de Magdalena del Mar. En zona VIP, primera butaca, pero parado aplaudiéndote sin cansar.
Los días de semana de diversión, o misión de vida a la que el destino te había legado era única en tu infancia, y en efecto así lo fue y me alegro mucho por ello. Parecía estar basada en que la prescencia de tus dos hermanos fuera un regalo de una madre protectora divina hasta esperar que llegase agotada tu mamá abnegada y amorosamente cansada de tanto trabajar de pie como maestra enseñando a sus alumnitos de primaria y con sus tacos número ocho, del colegio de frente a la casa, para comer algo del almuerzo del día, que ustedes preparaba con mucho entusiasmo y cariño.
Mientras yo con mi hijo "putativo" parecía que él solía medirse más y congeniar con Lidia, mi hermana intermedia, a pesar que fue Irene Vitalia, la del grito al verlo por primera vez comer de su plato, la que más dulces le regalaba. Pero poco a poco fue encontrando la manera de hacernos sentir que él no sólo era parte de la casa sino el rey de la casa, faltaba su trono, pero a falta de sillón real, estaba su lindo chalet que mi hermana Mina un día con su pensión de militar, le compró para él solito, un lindo chalet al que pintamos un sábado por la tarde de color rojo y verde.
Pronto me sorprendí viendo a mi hermana Lidia amarrándole chalinitas al cuello, más preocupada por su abrigo que por el de ella, aún en pleno otoño. Pronto Sir Justin fue armando su propio closet con casaquitas y chompitas de distintos colores y texturas, al punto que, una vez terminada la temporada, tenía que hacer donación para los perros pobres de la calle sucre.
Luego tú me contaste que una vez un perro de enormes proporciones te correteó a lo largo de tres cuadras, pero nunca te alcanzó, porque corriste como quíen ve a satánas calato, y gracias a tu agilidad, te salvaste de sus lenguetazos y es que el perrote enorme que te corretió, fue un samoyedo adúlto, juguetón y nunca viste como movía su rabo de contento, porque al verte correr, pensó que estabas jugando con el alegre samoyedo. Es que llanamente así son ellos, no tienen malicia canina ni instinto salvaje, ellos son los únicos de su raza que no saben que son perros. Y tú te diste la carrera del siglo, y tu mamí con el corazón en la boca, tocándose el pecho, asustada con los colores sobre su hermoso rostro agitado de verte salir corriendo despavorida al bajar del auto de tu padre, cuando sin querer inocentonamente lo llamaste al enorme perro. Con el final acaecido.
¿Por qué (me preguntaba sobre todo, yo echado en mi cama) Sir Justin logró conquistar a mis hermanas al punto de llevarnos a hacer cosas insólitas? Cosas extravagantes como por ejemplo lo de la chalinita, o la elección de su nombre de pila, exceso que lo atribuyo a mi mismo, pues muchas veces lo veía ahí contemplándome, esperando que le dijiera; -¡Justin coje tu cadena vamos a Magdalena!- También llegué a sentir que él fue durante mucho tiempo parte de la rutina familiar.
Es muy fácil, ahora que te recuerdo y evoco la memoria de mi hijo mascota, antes que una bandada de mocosos irreverentes se atrevieran a envenenarlos, hechándole bocado tras las rejas de mi cochera, cuando una tarde soleada de primavera, los dejé salir al patio para que se refrescaran, con su hija Lady Vanessa y ambos murieran sin poder darme cuenta a tiempo de ese acto criminal. Hay en todo ello ciertas actitudes y han ocurrido ciertos sucesos en nuestras vidas que han terminado definiendo las doce razones por las que se me va hacer crudo y difícil olvidarme de tí, de tus conciertos como madona mientras, Sir Justin crecía al lado mio, en mi vida vacía que él me la lleno con tanto amor incondicional humanizándo mi propia existencia:
1. Su mirada pura y el color de ojos, chocolate almendrados.
2. Las mil y millones de veces que solíamos irnos de atracon a cuantos restaurantes o pollerías, heladerías, snack bars y chifas terminabámos comiendo toda clase de alimentos (incluso pensando en llevarle algo a mi hijo Justin, pero tú me aconsejabas que era malo para su estómago).
3. Su primera vez de mi Justin, fue a su edad madura, como yo; y encima su "novia" tuvo que venir a nuestra casa, para que se dejara pisar (para mi mala fortuna) la dueña de su "novia" vivia alrededor de un parque de drogadictos y me timó con los cachorro, más tarde supe que nacieron seís cachorritos y ella me negó a todos aduciendo que había abortado. Vieja sinverguenza.
4. Como consecuencia de ese "aborto", ambos quedamos traumatizados, y tú fuistes muy consciente de ese hecho, y supiste apoyarnos a ambos, de manera muy gentíl y amorosa (meses más tarde conoció a su segunda "novia" la cual le dió cuatro hermosos bebés samoyeditos, una de ellos sería Lady Vanessa, la que nos ganó el corazón a toda la familia y optamos por conservarla con nosotros, ya eramos una familia entera, Justin, tú, la bebé Vanessa y yo con mis tres hermanitas).
5. Nunca tuvieron un entrenador de perros (esa raza de perros no sirven para eso, porque siempre terminan haciendo lo que ellos quieren al igual que a tí, lo cual suponía que equivalía a una terapia psicológica, urgente de ustedes, antes que fuera demasiado tarde) .... Y que en efecto fue demasiado tarde, hoy ya no estas a mi lado debido a tu incontrolada ansiedad y yo a mi testarudez de gritón pero nunca celoso de nada ni de nadie, solo precavido por las circunstancias de esa sociedad mala, la misma que enveneno a mis perros.
6. Por supuesto, no aprendimos nada de nada, de como amar a esos lindos animalitos de Dios, aún cuando un día saliendo de tu trabajo ¿te acuerdas? Vimos un samoyedo aparentemente vagabundo, y tú tan linda y bella, corriste buscando una veterinaria abierta a las 4pm, tres cuadras más abajo de tu colegio donde trabajabas como profesora nombrada; para comprar ipso facto, una correa y llevarnoslo a la casa, a pesar que teniamos que ir a matricularte porque habías ingresado a la San Marcos para tus clases de post grado. Por eso cada vez que suena el timbre de la casa, ó ladra un perro corro a la ventana pensando que eres tú que viene con Justin resucitado y trayendo barquillos de helados "Frío rico" para los tres.
7. Le querían castrar, su doctora decía que una vez que ha pisado, deberían castrarlo, yo me embrabuqué y fiel a mi estilo, salí vociferando del consultorio veterinario gritando que al que van a castrar fuera al abuelo de la doctora y nunca más regresamos a su consultorío, y más bien del susto, quedé yo con una "impotencia viríl" involuntaría por varias semanas en clara defensa y apoyo con nosotros los machos ALFAS.
8. Semanas después de que entrarás a trabajar en ese colegio Mozartino, vino la experiencia esa tuya de irte a la cevicheria "El jibarito" por que otro "perro" humano dizque "alfa" venía ya medianamente a querer orinar en terreno propio, y yo quedé peor aún destrozado con los recuerdos de tu infancia.
9. La noticia fue tomada con calma por parte de mis dos única hermanas (en el transcurso de ese año, tú bien sabes lo mucho que nos apoyastes moralmente cuando falleció Irene Vitalia debido a su diabetes, ya con las sorpresas que nos habías dado a todos, tu familia y mis dos hermanas, no fue tan duro pasar los cuatro meses llorando, como cuando mis consentidos se fueron al cielo de los perritos).
10. Me permití una noche de excesos, en la que tomé con whiskie un par de tiras de Clonazepam para dormir que compré en la farmacia DEZA, a pocas cuadras de tu casa en Magdalena del Mar. Cómo para soñar que vivía con ustedes y que resultó solamente en dormir tres días enteros y despertar con una depresión horrible.
11. No recordar tus momentos felices, sobre todo esos cuando sólo tu prescencia iluminaba el vacio de amor que había en mi casa, cada vez que tú venías mis hermanas estaban tan felices, y eso nadie lo hiso, en serio nunca nadie lo había logrado, bueno en fin sí, sólo Justin y su hija, lo cual parece otra prueba de que aún no te enteras de que eres más humana que el recuerdo del amor de mis dos mascotas hacía mi ser.
12. Aún ahora, sólo queda "El adíos" pero la tierna sonrísa tuya en mi memoria para el bien y nada mas. Amor no puede haber donde jamas pudo brotar. Y las fotos con Sir Justin y Lady Vanessa dicen por lo contrario: Cuanto extrañamos a la Madona de Magdalena del Mar, ¡foto!, ¡foto! - Y la imagen tuya viene como prescencia al instante por todos los hermosos recuerdos de tu infancia y ellos enseñándo los filudos colmillos a modo de gentíl y mimada sonrisa de extremo a extremo. De ello hay pruebas para el bien.


Written by David Alonso De la Cruz.
















*Para los que quieran escribirme, pueden hacerlo en:
delacruzmarin@gmail.com

miércoles, 17 de marzo de 2010

Otro cumpleaños más, agrio onómastico, dulce evocación

Este 14 de Marzo cumplí años. Cuando tenía menos de la mitad (o sea 16) imaginaba que a los 32 ya sería un obeso padre de familia y un piloto militar, graduado a toda honra y orgullo nacional, con el elevado patriotismo fervoroso, presto a defender la dignidad y soberanía ante el enemigo sureño. Ninguna de las dos cosas ha ocurrido. Soy un obeso soltero que (aún) vive con sus dos hermanas y siendo un melancólico corredor de bienes jubilado (a mi edad) que sobrevive de sus rentas pero eso sí demasiado serio en sus inversiones pero con moderada credibilidad en lo económico. Desde luego, también pensaba que llegaría a ser un treintón felizmente bien casado. Ya saben, uno de chico cree que la vida consiste en dar esos cinco o seis pasos supuestamente decisivos: salir de cole, ingresar a la universidad, conseguir un empleo, casarte, reproducirte y morir de viejito de un repentino ataque al corazón sentadito tomando su café con leche viendo las noticias de la mañana para que nadie sufra. Todo un mandamiento de convenciones que te asegura, sino la felicidad, por lo menos un alto porcentaje de bienestar. Pero como tantas otras cosas, uno descubre con el tiempo que todo eso es mentira; o, mejor dicho, que ninguno de esos pasos garantiza absolutamente nada. Sin embargo, por más independiente que uno sea del corso en el que se mueve el rebaño y por más convencido que uno esté de sus propios pasos y de su propia ruta, es difícil no preguntarse si son los demás los equivocados o eres tú el que está perdido en el espacio. Por eso, cuando cumplí 23 años y mis mejores amigos empezaron a casarse, uno tras uno, como en fila india, me di cuenta de dos cosas: primero, que debía partir como sea del país en busca de asilo o simplemente refugiarme en la tierra de los dos mil solterones, desde luego contra los buenos pronósticos del chico de 16 que alguna vez fui–– no me provocaba casarme todavía menos siendo estudiante universitario, me quedaba aún la carrera de administración que mi madre me obligó a seguir en lugar de piloto de avión que mi orgullosa madre no permitió que postulara a la escuela áerea.
Hoy, a mi regreso de Europa, de eso ya casi más de una década y media, mis tribulaciones son otras: digamos que no he desarrollado mucha estima hacia la figura del matrimonio, pero sí hacia la idea de tener una novia (de ahí que haya tenido tanta influencia moverme entre la mar de la internet tan deliberadamente desesperado en la búsqueda de la media naranja). Además del estado civil, otra interrogante que los 43 inminentes años me plantean es si me siento viejo o no. Y la verdad es que todavía. Es decir, hay momentos específicos en que me siento algo avejentado: cuando me agacho para, no sé, agarrar un objeto y siento un punzón en la cintura; o cuando me falta el aire después de un pique infructuoso en mi bicicleta por el circuito del Bertolotto que es la que da para el mar de San Miguel (mientras que un impertinete e inculto conductor grita desde su destartalada y contaminante moto taxi “¡Arrimate pelón concha de tu madre!”); o cuando repaso mi cuero cabelludo con el imaginario “peine” que son mis dedos todas las mañanas y redescubro ––con horror–– que las entradas de mi frente están cada vez más pronunciadas; o cuando veo, por ejemplo, la foto de mi primer cumpleaños y recuerdo a los amigos que perdí por las marismas del te vi ayer y no me acuerdo; o cuando visito a un amigo después de mucho tiempo y descubro que su hermana menor ha crecido una barbaridad y no puedo evitar mirarla con algo de lascivia. Solo dos veces me he sentido decrépito. La primera fue hace unos nueve años y medio, cuando una chica a la que afanaba me conversaba ––por chat–– de un amigo suyo que la perseguía. Yo, en son de broma, le escribí “¿Y cómo es él?, ¿en qué lugar se enamoró de ti?, ¿de dónde es?, ¿a qué dedica el tiempo libre”, parafraseando la famosísima canción de José Luis Perales. Ella no solo no entendió el chiste, sino que se incomodó ante mis preguntas invasoras. Para calmarla le pregunté si acaso no había escuchado nunca a Perales. Me dijo: “ah, creo que mi mamá tiene un cassete empolvado de él por ahí”.

La segunda fue hace cinco meses, cuando al final de un examen médico de rutina, el doctor me avisó que tenía “arenilla” principio de cálculos en los riñones y que debía hacerme una ecografía. Yo, que pensaba que las ecografías solo eran pruebas para mujeres embarazadas, salí de la clínica profundamente angustiado. Llegué a mi casa, me miré en el primer espejo que encontré y el cristal me devolvió la imagen de un anciano prematuro. “Una ecografía”, repetí, mirándome a los ojos, calavérico, al borde del puchero lastimero. Pero salvo esas contadas situaciones, en general, siento que estoy en una suerte de tiempo extra de la juventud, como si me restara un pequeño saldo de adolescencia que gastar, como si aún tuviera licencia para el desenfado y la irresponsabilidad y revivir el libertinaje seudo europeo al que estaba acostumbrando cuando vivía en Europa. Además, no luzco como un clásico hombre que acaba de cumplir 43. Todavia sigo escuchando con mucho entusiasmo mi canciones favoritas de los Duran Duran y Depeche Mode los cuales me pongo a bailar como un quinceañero sin haber bebido un solo trago de licor, encerrado en mi dormitorio. O simplemente procurando hacer una siestita luego del almuerzo escuchando algunas composiciones en "Allegro con spirito" de Vivaldi o Haydn. A menudo las chicas se sorprenden cuando les digo que tengo más de treinta. “¿Con esa cara?”, preguntan, asombradas, como si en mi rostro se hubieran quedado tatuada eternamente la cándida expresión de un chiquillo alocado que se fue a vivir a Europa por las únicas razones de pasárselas bien con su mejor y único amigo de la adolescencia. Ese detalle estético me parecería incluso ventajoso, si no fuese porque ejerzo el imán de la eterna juventud “espiritual” reflejada muchas veces en mis actitudes cotidianas y, ya saben, a veces tengo que infundir disciplina e irradiar respeto entre esta sociedad machista peruana y entre la gente muy arraigada a vivir desesperados que sólo han aprendido a vivir para trabajar y ser explotados como negros del Congo. Lamentablemente, eso no siempre sucede. De hecho, estoy harto de que cada vez que ingreso a algún lugar la gente me vea como un bicho extraño por mi forma de vestirme a lo quinceañero sobre todo en verano que hace tanto calor y no soporto los pantalones de vestir. ¡Ya basta! Estoy cansado de eso y de tener que dejarme lo poco de cabello que tengo largo para jugar con pericia a que cubra el espacio vacio de mi pelada con el único propósito de no parecer mayor y estar a la moda cuál EMO teenage. Para colmo, cuando la barba me crece rápidamente me pica y me crece mal, hirsuta, y canosa dejando despobladas zonas de la barbilla, con lo cual, en vez de parecer un madurito solterito codiciado, luzco como un descuidado lujurioso viejo mañoso. También estoy algo aburrido de que mis hermanas me sigan considerando un “niño Goyito” a mi edad. En serio ––y se lo digo desde aquí con todo mi cariño–– me parece que eso no contribuye mucho a la imagen de hombre maduro en busca de una novia simpática que quiera amarme de por vida con la cual quisiera proyectar una vida de matrimonio y mínimo tres hijas. Pero la pregunta central que este "nuevo" cumpleaños que he tenido hace poco como un tornado debastador a mi subscosciente, me obliga a hacerme a mí mismo en voz alta es: ok, mi estimado manganzón, a los 44, perdón quise decir a mis 43 años cuánto has aprendido de tus relaciones anteriores como para encarar el posible advenimiento de una esposa. Mi respuesta es simple: no sé si estoy listo y preparado para entablar una relación; además, cuándo uno puede decir que está listo y preparado para iniciar un noviazgo al estilo latino tercermundista. ¿Hay cursillos o talleres que te preparen? ¿Hay simulacros de examen de ingreso para estos casos? ¿Hay escuelas de entrenamiento? ¿No, verdad? La única preparación posible es la que uno mismo va desarrollando con el tiempo. Y en todos estos 42 años he pasado por tantas experiencias y he interpretado a tantos personajes que nunca dejo de sorprenderme de lo insondable que es el terreno sentimental. Como enamorado he sido de todo y no me cuesta reconocerlo. Vivido las más tediosas vicisitudes y los vericuecos más intrincados de la dicha y felicidad de alcoba. He sido un gran novio, pero también el más pátetico de los infortunados enamorados bajo el claro de luna. Un tipo dedicado a su relación, absolutamente detallista, comprometido, fiel, romántico hasta el anacronismo y ciegamente entregado. Pero también he sido un infiel, un desalmado, un patán, un hijoeputa. Y no me ha gustado serlo, pero una vez que te analizas en retrospectiva tienes que ir asimilando la porción de culpa que te corresponde. He sido un compañero ejemplar, pero también he sido un idiota. Me han roto el alma en trocitos de pena y he llorado como un hijo abandonado en la puerta de un convento de monjas en plena lluvia de otoño, pero también he roto un corazón alguna vez. Y es horrible. Es horrible decirle a alguien que ya no quieres estar con ella. Puede sonar estúpido, pero prefiero que terminen conmigo a terminar con alguien: me asalta una culpa inmisericorde por estar dañando a otro, por sentir que mi decisión influye directamente en su ánimo. Por ello a veces me ha costado mucho, incluso hasta dinero, porque se lo llevaron todo cuando convivieron conmigo, como si tuvieran derecho legal por la permanencia en mis habitáculos y relajantes aposentos de soltero. Cuando terminan contigo, qué diablos: te tienes que bancar la trsiteza y ajustar el pecho para no deprimirte, pero no importa: eres tú resolviendo los problemas contigo y con nadie más. En cambio, cuando finiquitas un lazo con alguien, y la ves llorar defraudada, no es sencillo soportar ese espectáculo de decaimiento. Ver cómo se derrumba un ser humano delante de ti, por algo que tú has dicho o has hecho, es francamente horroroso. He vivido esa escena varias veces: en el lugar de la víctima y del victimario. He sentido pena por otra persona y he sentido pena de que sientan pena por mí. Y aunque no me gustaría pasar nuevamente por ninguno de esos trances, todos ellos han sido necesarios, imprescindibles para ser quien soy ahora. Me han tenido que dejar y he tenido que dejar para curtir mi pellejo y aprender que el amor es siempre una incógnita y una paradoja: porque cuando amamos lo confundimos todo y perdemos los estribos y la razón. En el dolor, en cambio, hay un cúmulo de sabiduría. Cuando sufres y te ves obligado a improvisar una reacción emocional, aprendes un huevo de ti mismo. Pero, bueno, ya basta de desvaríos existencialistas, que voy a parecer un viejo. Y justo de eso trata mi auto analísis, de evitar mi vejez, y estaré, evidentemente, soltero aún mucho despúes. Hace ocho años, mi cumpleaños con novia lo festejé típicamente: acudí con ella y con tres parejas de amigos a una disco en la playa del sur, bebimos en abundancia y bailamos mucho hasta el amanecer y ––por más de que rogué que no lo hicieran–– padecí ese insoportable momento en que se acercan los mozos a la mesa y entonan el más impersonal y fingido Happy Birthday que se haya oído jamás. ¡Qué cagada de costumbre! Que me lo canten los amigos y la familia, bacán, pero que cinco atorrantes lorchos que nunca he visto en mi vida y que seguramente nunca volveré a ver se acerquen a mi mesa, me sonrían y ––haciendo sonar las cucharitas–– me deseen una felicidad de utilería: ¡¡no way!! Aquella vez lo toleré porque mi novia que era odontóloga lo propició, pero en el futuro me rehuso a ser parte de esa bobada. He sido un mozalbete alguna vez (cuando era científicamente muy joven) y, créanme, no he sentido el menor atisbo de afecto por las viejas, los niños y los jóvenes a los que les canté ese entonado pero hipócrita Happy Birthday. Soltero como estoy, los planes de celebración apuntan indefectiblemente hacia una juerga clandestina; alejados de la vorágine de la sociedad arribista, entre mi actual pareja y yo, sanamente viendo alguna película de culto, bebiendo algo sano y comiendo en abundancia lo que nos agrada lo sufiente un par de pizzas familiares para los dos solitos, relajados en mis aposentos cual Henry VIII. Así reclutando posteriormente al caer el sunset a un puñado de cómplices igual de solteros que yo, y seguramente nos juntaremos a seguir comiendo, libando de aguas espirituosas y luego a bailar con mucho entusiasmo música de los ochenta y otras tantas desconocidas. Atrás quedaron las dos únicas fiestas sorpresa que mis ex enamoradas organizaron en mi vida; atrás quedaron los regalos especiales, las tarjetas hechas a mano, las medallitas de oro con mi nombre inscrito en el dorso, los planes cursis para recibir el 12 los dos juntos a las 12. Este 14 cumplo 43. Algunos dicen que cronológicamente ya estoy Tío. Quizá sea cierto. Pero, franco, franco, no importa, adoro este envejecimiento en cámara lenta, esta pausada manera de ir separándome del jovencito que me niego a dejar de ser. ¡Qué viva yo! Cuatro veces.

domingo, 7 de junio de 2009

Otro cuento que atrevo publicar aquí a pedido de mis lectores.

Amar no es un delito


- Podrás engañar a cualquiera, menos a tu conciencia.-

“Mientras hablaba en las sombras, le acarició las pelusas de seda de los brazos, el vientre evasivo, y cuando sintió que la tensión había cedido hizo un primer intento por levantarle el camisón de dormir, pero ella se lo impidió con un impulso típico de su carácter. Dijo: Yo lo sé hacer sola. Se lo quitó, en efecto, y luego se quedó tan inmóvil, que el doctor Urbino hubiera creído que ya no estaba ahí, de no haber sido por la resolana de su cuerpo en las tinieblas. Al cabo de un rato volvió a agarrarle la mano, y entonces la sintió tibia y suelta, pero húmeda todavía de un rocío tierno. Permanecieron otro rato callados e inmóviles, él acechando la ocasión para el paso siguiente, y ella esperándolo sin saber por dónde, mientras la oscuridad iba ensanchándose con su respiración cada vez más intensa. Él la soltó de pronto y dio el salto en el vacío: se humedeció en la lengua la yema del cordial y le tocó apenas el pezón desprevenido y ella sintió una descarga de muerte, como si le hubiera tocado un nervio vivo........ Entonces él supo que le había doblado el cabo de la buena esperanza, y le volvió a coger la mano grande y mullida, y se la cubrió de besitos huérfanos, primero el metacarpo áspero, los largos dedos clarividentes, las uñas diáfanas, y luego el jeroglífico de su destino en la palma sudada. Ella no supo cómo fue que su mano llegó hasta el pecho de él, y tropezó con algo que no pudo descifrar. Él le dijo: Es un escapulario. Ella le acarició los vellos del pecho, y luego agarró el matorral completo con los cinco dedos para arrancarlo de raíz. Más fuerte, dijo él. Ella lo intentó, hasta donde sabía que no lo lastimaba, y después fue su mano la que buscó la mano de él perdida en las tinieblas. Pero él no se dejó entrelazar los dedos sino que la agarró de su cuerpo y con una fuerza invisible pero muy bien dirigida, hasta que ella sintió el soplo ardiente de un animal en carne viva, sin forma corporal, pero ansioso y enarbolado. Al contrario de lo que él imaginó, incluso al contrario de lo que ella misma hubiera imaginado, no retiró la mano, ni la dejó inerte donde él la puso, sino que se encomendó en cuerpo y alma a la Santísima Virgen, apretó los dientes por miedo de reírse de su propia locura, y empezó a identificar con el tacto al enemigo encabritado, conociendo su tamaño, la fuerza de su vástago, la extensión de sus alas, asustada de su determinación pero compadecida de su soledad, haciéndolo suyo con una curiosidad minuciosa que alguien menos experto que su esposo hubiera confundido con las caricias. Él apeló a sus últimas fuerzas para resistir el vértigo del escrutinio mortal, hasta que ella lo soltó con una gracia infantil, como si lo hubiera tirado en la basura.
- Nunca he podido entender cómo es ese aparato – dijo.
Entonces, él se lo explicó en serio con su método magistral, mientras le llevaba la mano por todos los sitios que mencionaba, y ella se la dejaba llevar con una obediencia de alumna ejemplar. Él sugirió en un momento propicio que todo aquello era más fácil con la luz encendida. Iba a encenderla, pero ella le detuvo el brazo, diciendo: Yo veo mejor con las manos. En realidad quería encender la luz, pero quería hacerlo ella y sin que nadie se lo ordenara, y así fue. Él la vio entonces en posición fetal, y además cubierta con la sábana, bajo la claridad repentina. Pero la vio agarrar otra vez sin remilgos el animal de su curiosidad, lo volteó al derecho y al revés, lo observó con un interés que ya empezaba a parecer más que científico, y dijo en conclusión: Cómo será de feo, que es más feo que lo de las mujeres. Él estuvo de acuerdo, y señaló otros inconvenientes más graves que la fealdad. Dijo: Es como el hijo mayor, que uno se pasa la vida trabajando para él, sacrificándolo todo por él, y a la hora de la verdad termina haciendo lo que le da la gana. Ella siguió examinándolo, preguntando para qué servía esto, y para qué servía aquello, y cuando se consideró bien informada lo sopesó con las dos manos, para probarse que ni siquiera por el peso valía la pena, y lo dejó caer con un esguince de menosprecio.
......... Al amanecer, cuando se durmieron, ella seguía siendo virgen, pero no habría de serlo por mucho tiempo. La noche siguiente, en efecto, después de que él le enseñó a bailar los valses de Viena bajo el cielo sideral del Caribe, él tuvo que ir al baño después que ella, y cuando regresó al camarote la encontró esperándola desnuda en la cama. Entonces fue ella quien tomó la iniciativa, y se le entregó sin miedo, sin dolor, con la alegría de una aventura de alta mar, y sin más vestigios de ceremonia sangrienta que la rosa del honor en la sábana. Ambos lo hicieron bien, casi como un milagro, y siguieron haciéndolo bien de noche y de día y cada vez mejor en el resto del viaje, y cuando llegaron a La Rochelle se entendía como amantes antiguos.”


De repente un ensordecedor chillido de neumáticos sobre el asfalto de la avenida La Marina, lo desencajo de la lectura del libro de García Márquez. Con la premura de la frenada, con las justas tuvo tiempo de ver por el parabrisas delantero quebrado del conductor que ya hacía rato manejaba raudo por toda la venida como loco conductor sicópata, hasta que los imprudentes peatones pugnaban por cruzar esa parte de la avenida del centro comercial en San Miguel, lo cogió infraganti y temerario. Sin embargo, fue la oportuna intervención de un joven con su perro blanco como la nieve que le salvó de ser atropellado a un distraído pero bien confiado turista, el viejo barbudo y larguirucho extranjero se cayó encima de una asustadiza peatona que al gritar de susto, todas sus cosas se desparramaron sobre la pista central, en su nerviosismo y agradecimiento al joven héroe, no se dieron cuenta del caos y confusión ambos cogieron diferentes bolsos que tenían la misma tonalidad de color oscuro, contra lo que pensaba, se marcharon cada uno por su lado, ya que aún seguía el atolladero de buses en ese crucero del centro comercial.
Él que durante su permanencia en Europa, y estando poco tiempo en París siguiendo de manera paralela su entusiasmo por la literatura latinoamericana, a su regreso a Lima, opto por un cachuelo que le consiguió un viejo amigo, en la Alianza Francesa, y ahí se dirigía él con sus manojos de libros y leyendo la narración de la obra de Gabo. Hasta el momento de aquél accidente que menos mal no acabo en desgracia por la valentía de aquel joven con su bello ejemplar canino.
Ese jueves, sin embargo le dejaría marcado de por vida.
El verano se precipitó aquella tarde repentinamente. Hacia buen tiempo que dictaba clases de literatura clásica en la Alianza francesa. Ese día a la salida del local, la tarde tibia y sosegadamente insospechada le había hecho sacarse la corbata. Ya había recorrido un buen trecho de su taciturna caminata diaria por la avenida Arequipa, llevando consigo anotaciones y los ensayos de sus alumnos. A pesar del tranquilo sentimiento húmedo que abigarraba el recuerdo de la imagen clara de Gabriella recitando los poemas de Borges. Aquella tarde en que el verano abrazó las parduscas calles de Lima, tuvo que caminar el resto del trecho que faltaba para coger su colectivo que le llevara de regreso a casa por la avenida La marina. Llevaba puesto los recuerdos frescos de ella, y él evadiéndolos a mil y el montón de anotaciones y separatas impresas tapándose el prominente bulto entre su pantalón ante la evidente provocación indomable al evocar la forma como leía a Borges; Gabriella.
- “sólo, una cosa no hay. Es el olvido. / Dios, que salva el metal, salva la escoria/ y cifra su profética memoria/ las lunas que serán y las que han sido.”
Estaba allí reluciente como una diosa coqueta que blasfema contra la conciencia, jugando a perturbar los laberintos del conocimiento, y yo, que debería estar atendiendo a mis alumnos, me quedaba perplejo y feliz, atento cada palabra que emanaba de esa boca formada por unos labios de frambuesa en plena primavera Turca.
- “Ya todo está. Los miles de reflejos/ que entre los dos crepúsculos del día/ Tu rostro fue dejando en los espejos/y los que irá dejando todavía.”
La contemplaba desde el escritorio, ella parada en el centro del aula, y me sentía sin aliento, desfallecido, sepultado cien mil veces y vuelto a la resurrección tan sólo para ver y escuchar la manera tan lúdica que solía leer el “Everness” de Borges, ya después descubriría que Gabriella guardaba dos mil maneras de leer y recitar a Borges, con la pureza y flexibilidad musical habida en su timbre de voz armónica que ningún mortal jamás habría presenciado antes. Me preguntaba mientras ella estaba allí parada frente a los alumnos, ¿En qué tranvía ovárico la había visto a esta bella mujer?
- “Y todo es una parte del diverso/ Cristal de esa memoria, el universo;/ no tienen fin sus arduos corredores”
Y ese fue el comienzo. Gabriella era ciertamente una muchacha locuaz pero a pesar de todo ocultaba su timidez e inseguridad, había tomado las clases tan sólo para desenvolverse con aplomo en el tema literario, es lo que más le atraía de la literatura francesa e inglesa. Aún así, la carrera que estaba estudiando no iba con su carácter afable y condescendiente. Una cierta ambigüedad le recorría el alma. Su rubor característico se hacía notar más sobre ella, cada vez que los chicos corrían detrás de ella abobados por su atrayente magnetismo sensual, sin importarles que ella en un futuro inmediato se convirtiese en una flamante abogada, experta en leyes y códigos, defensora de los derechos para dedicarse enteramente a una buena causa. Pero en el fondo esperaba con inseguridad y llena de temores que algún día apareciera en su vida, un destino como Fiscal de la Nación; porque eso quería y anhelaban sus padres. Desde su tierna juventud la habían preparado concienzudamente su familia. Pero teniendo a su lado al hombre excepcional de su soñada vida tantas veces postergada.
- “Y las puertas se cierran a tu paso;/ sólo del otro lado del ocaso/verás los arquetipos y esplendores.”
Ella era todo un Boccato di cardinale. Había terminado de recitar el poema que eligió para esa ocasión, usualmente cuando hablaba, tartamudeaba de una manera apenas perceptible, debido a su timidez ante el público, pero cuando recitaba los poemas Borgianos o hablaba de Borges; qué maravilla de mujer, que locuacidad sublime, y la fonética aplicada hacia una delicia de mixtura en su entonación, tan exquisita en su pronunciación, emanaba una voz aterciopelada, me mojaba incómodamente en el momento inoportuno. La vi sin tapujos cuando regreso a su lugar; tenía las manos más bellas del planeta, y un garbo al caminar que ella si no derramaba lisuras, ella desparramaba groserías benditas al mover su derrier de esa forma perturbadora y sensual. Ella tenía un trasero de argentina, senos de italiana, boquita irlandesa y ojos de albaricoque y probablemente un coñito de tequila embriagante; inescrutable son los caminos del Señor. ¡Si Señor!. Me dije a mi mismo, mientras trataba de acomodarme la picha, sin que se dieran cuenta el resto de mis alumnos debajo del escritorio, que había despertado nuevamente ante el llamado de la reproducción. Ella estaba ya sentada, como siempre primera en su fila; mirándome con esos ojos verdes, tan verdes como las vastas llanuras del Highland Escocés.
No sé cómo, pero lo cierto fue que me encontraba al final de clases, invitándola a que viniera a mi departamento ese fin de semana, ya que deseaba presentarle a un grupo de amigos de tertulias; y que anhelaba que ella fuera la invitada de honor para leer y recitar así de esa manera que solo ella sabía manejar los versos de Borges. A lo que ella agradeció contentísima y radiante. No sé, puedes venir con Juan Muraña, las milongas de Manuel Flores, la fundación mítica de Buenos Aires, tema del traidor y del héroe, arte poética, al vino, con el duelo ò inclusive vente hasta con el Aleph, para verte también allí tendida sobre el sofá que había en el sótano, pues yo también tenía un desván, que había acondicionado para esos instantes de dulzura, allá abajo un colchón por descubrir todos los polvos del tiempo.
Al llegar a mi hogar, lo primero que hice fue llamar al flaco Franz y al intransigente de Javier para decirles que este fin de semana ni se asomaran por mi casa, pues tenía que hacer muchas cosas importantes. La pura verdad, es que ya los conocía desde la adolescencia; eran sólo unos irreverentes, sólo querían consumir lo que no querían pagar, y si de mujeres se trataban, ellos, estaban allí primero devorándose la propiedad ajena, cuál monopolista del mercado de la carne blanca. Porque Franz de seguro que quería invitarle un chute ò un paco de esos que conseguían en Larco Mar, y de seguro que ya lo estaría viendo, con la punta de la nariz blanca, descuidado dirigiéndose a ella; - ¡Oh my God esto sí que es vida! – Observándole como experto las curvas turgentes de sus senos y sus prominentes labios carnosos. O en todo caso al convenido de Javier, queriéndosela follar ni bien terminara de secarse todo el whisky de mi bar. Para luego eructar de seguro en la cocina mientras buscaba un plato de comida guardado del día de ayer, ni bien yo consintiera tras su sarcástica pregunta ya acostumbrada: ¿Amigo mío, podría tirarme a tu invitada de esta noche, es que ahora no tengo dinero para sacar a pasear a mi enamorada y hace tiempo que no la veo con Parodi, y tu amiga esta rebuena?.- ¡Y tu entiendes que yo no me aguanto!- Pero, te cagaste acaparador de mierda, por una vez en la vida dejaría de ser su chuchumequero. Esta noche sería compartida entre Gabriella y yo, celebraríamos esa noche los cien años del nacimiento de Borges, sería una gran noche de tertulia Borgiana y nadie se metería esta vez a aguarme mi reunión, ni tú ni Franz jugaran titeretambo esta vez. Así que esa noche me justifique, con una simple llamada a cada uno de ellos y les dije que no tenía dinero para financiar la juerga de ellos esa noche. Tendrían que ir a buscar al borracho e imbécil de Toño de la Torre y Lara sólo por ese fin de semana.
De modo que había llegado le grand moment. Les juro que cuando la vi parada en la entrada del pórtico, con una blusita celeste descotada y un jean tan ceñido debajo de la cadera que asfixiaba mi imaginación, ya mi mente se puso a tocar el “atomic” de Blondie, en versión mix extendida y con un vaso bien servido de vodka tónica.
Gabriella y no Gabriela como ella me rectificó la noche que se quedó conmigo, - si, Gabriella con doble “l”.- si, simplemente había llegado al colmo de la hermosura, era doblemente atractiva por donde se le mirase, a sus veintidós años de edad, era como para salir a pasear de la mano con ella por lo largo del Sena, no, toda ella, era para ser tumbada a contemplar la envidia del Sena; mientras sus largos cabellos castaños revoloteaban de seguro entre los lacios rayos del sol, queriéndose escapar del atrevimiento.
Te me apareciste así con tus sandalias blancas como tu alma, resaltando la blancura de tus pies desnudos, y sólo me mostraste tu libro que habías traído contigo. – No me importa, intenté decirte, échate ya pronto sobre el sofá y desabróchate la blusa- Pero no, no podía decírtelo, ni te escuché cuando me preguntaste por los otros invitados, yo sólo te miré como se mira el firmamento de Lunahuana y sonreí apresurado a decirte ¿Te parece que comiences la velada por recitar los versos titulados “otro poema de los dones”? Ni bien te serbia un vaso de whisky, ya te encontrabas toda predispuesta a leer como una niña de Humbert el poema solicitado. La lascivia empezaba a despertar por entre mis genitales calientes, cual Vesubio.
- “Gracias quiero dar al divino/ laberinto de los efectos y de las causas/Por la diversidad de las criaturas/Que forman este singular universo/Por la razón, que no cesará de soñar/Con un plano del laberinto/Por el rostro de Elena y la perseverancia de Ulises/Por el amor, que nos deja ver a los otros/Como los ve la divinidad.”
Te observaba contra la intransigencia del tiempo, me miraste inmaculada. No, no por favor no te detengas, sigue leyendo. Cuando me acerqué detrás de ti, sabías que empezaba a excitarme del todo, y permitiste que te besara el cuello y lamiera con absoluta ternura la parte posterior de tu oreja derecha, te empecé a desabotonar la blusa, y ni te inmutaste, apenas podías leer el poema, un temblor me hizo recriminarte con dulzura; ¡Vamos mujer sigue leyendo el poema no te detengas, quiero oír tu melodiosa voz!. El sonido de los versos me endurecía la picha. ¿Acaso no la sientes dura queriendo acomodarse entre la hendidura profunda que se forma de tus erguidas nalgas sedientas de ser mancilladas?. Gabriella ante mi asombro seguía recitando los versos sin leer el libro:
- “Por el firme diamante y el agua suelta,/Por el àlgebra, palacio de precisos cristales,/Por las místicas monedas de Ángel Silesio,/Por Schopenhauer,/Que acaso descifró el universo,/Por el fulgor del fuego/Que ningún ser humano puede mirar sin un asombro antiguo,”
Hizo una pausa, sin detenerse en su arremetimiento contra mi verga y entre dulces vaivenes, me dijo, - Por favor pronuncia mi nombre completo, dime Gabriella Elizabeth, si, dilo…- Y me apretó los testículos con una perseverancia endemoniada. Sí, Gabriella Elizabeth, toda tú, doctora, mi doctora; ¡Que lastima que no seas doctora en males de amor!. Serías muy pronto una doctora en leyes, entendía y versada en la jurisprudencia, pero lo importante es que en esa cumbre innegable del tiempo, sin un pasado de por medio, te descubriste como mi doctora en sexo y hasta en la cama Gabriella Elizabeth Luyo Montero era tan bella, corriéndose sobre mi llano vientre velludo, sin dejarme un momento de suspiro glorioso.
- “Por la caoba, el cedro y el sándalo,/Por el pan y la sal,/Por el misterio de la rosa/Que prodiga color y que no lo ve,”
Así, así mi vida sigue leyendo pero no detengas el desenfreno que te humedece, te ayudé a desabotonarte el corpiño y quitarte la minúscula braga, -¿Puedo acariciar tu pubis rosado mientras lees?- Le pregunte mientras besaba su cuello, - ¡Bueno! – me dijo sin levantar la cabeza y sin detenerse en recitar los versos con los ojos bien cerrados. Al palpar su pubis y el roce delicado de su mata con mis firmes manos, rozando las carnosas desnudeces y ella empezando a interesarse en la turgencia de mi sexo encabritado, la penetré en una sola arremetida hasta lo más profundo de su vagina, era un rincón secreto y cálido, un espeso follaje vietnamita.
¡Pronuncia mi nombre! – Exclamo convulsionada, atreviéndose a quebrar el conjuro del poema, mientras cabalgaba sobre mí. – ¡shiss! No interrumpas los versos, sigue, sigue, sigue recitándolos…. – Le susurré al oído como el paciente al desfallecer en brazos de su médico de cabecera…
Iba a aclararme que lo de doctora era para cuando se graduara, pensando en detalles; pero no le deje que entrara en esas equivocaciones verbales ni tecnicismos universitarios, y cosas por el estilo ni mucho menos era el momento para dar explicaciones.
¡Ajústamelo, apriétamelo con tus labios, con el poder ardiente de tu vulva, apriétamelo! – Le exclamaba, pero en eso, ella soltó un ¡Ay! Interminable cargado de placer indescriptible, ¿Qué sucedió? Le pregunte sudoroso, - es que sentí un aguijonazo insoportable dentro de mi vagina que casi se me vienen cuatro orgasmos seguidos – Entonces, sigue recitándome los versos, sigue con esos versos vida de mi vida y hazme tocar el cielo. Después del riquísimo ¡Ay!, Gabriella intento coger el libro para seguir leyendo, a esas alturas ya no podía retener de memoria los versos, tampoco el libro:
- “Por ciertas vísperas y días de 1955,/ Por los duros troperos que en la llanura/arrean los animales y el alba,/Por la mañana en Montevideo,”
Parecíamos una pareja bailando un tango, la manera como se movía, ocupando todo el espacio de la alfombra al estirar sus gloriosas y bien contorneadas piernas que en momentos de paroxismo las entrelazaban como dos bambúes a orillas de un pantano tropical. Sus fricciones al ritmo de un tango perdido en los arrabales de la infamia y la lujuria, arremetían contra mi cuerpo, anhelando que te penetraran más de lo que el Dios falo podía otorgarle en tu nido húmedo convulsionado y danzante, estremecido al ritmo erótico boreliche.
- “Por el arte de la amistad,/Por el último día de Sócrates,/Por las palabras que en un crepúsculo se dijeron/de una cruz a otra cruz,”
Cuando la seguía oyendo recitar, mientras se movía sentada sobre mi descomunal falo, consideraba a todos los que conocía como unos fracasados, incluyendo hasta los que habían tenido éxito en la vida de parejas en matrimonio sagrado. Meros parásitos que me aburrían hasta hacerme bostezar de solo imaginarlos en su lecho marital, que no era más que una mera cripta funeraria en pasiones idas.
- “Por aquel sueño del islam que abarco/ mil noches y una noche,/por aquel otro sueño del infierno,/De la torre del fuego que purifica/ y de las esferas gloriosas,/por Swedenborg,/Que conversaba con los ángeles en las calles de Londres,/Por los ríos secretos e inmemoriables/que convergen en mi,”
Y ahora de sólo haber escuchado aquél nombre escandinavo, entre sus quejidos abruptos, que me daban libertad y me colmaban de caprichos sexuales, en una insospechada gama de sensaciones, era como un rayo invisible que recorría mi nervudo pene hasta lo más alto de mi conciencia, y ella allí sumergida en sudores de desenfreno, apreciando por el espejo que enfrente nuestro estaba, como se devoraba el instrumento del placer humano dentro de su sediento coño. No había más remedio, en definitiva yo era su gaucho, ella la gloriosa pampa por conquistar en combate de placer redimido.
- “Por el idioma que, hace siglos, hablé en Nortumbria,/Por la espada y el arpa de los sajones,/Por el mar, que es un desierto resplandeciente/Y una cifra de cosas que no sabemos,/Por la música verbal de Inglaterra,/Por la música verbal de Alemania,/Por el oro, que rulambra en los versos,/Por el épico invierno,”
Ella seguía allí, pronunciando lo impronunciable del poema, que ya entre quejidos y gritos de placer se confundía con el regocijo de oírla recitar húmeda los versos de Borges - ¡Más!, grita más fuerte – Se lo repliqué, entre quejidos y susurros de placer indomables, los ayees de un reconfortante dolor interno le atravesaban el alma, ella seguía impertérrita aferrado al miembro, chorreada en líquidos sagrados, leyendo los versos argentinos, entre su tango y su fantasía compartida.
- “Por el nombre de un libro que no he leído: Gesta dei per Francos,/ Por Verlaine, inocente como los pájaros,/ Por el prisma de cristal y la pesa de bronce,/ Por las rayas del tigre,/ Por las altas torres de San Francisco y de la isla de Manhattan,/ Por la montaña de Texas,/ Por aquel sevillano que redactó la Epístola Moral/ Y cuyo nombre, como él hubiera preferido, ignoramos,/ Por Séneca y Lucano, de Córdoba,/ Que antes del español escribieron/ Toda la literatura española,”
Yo era un ser afable, la gente en especial las mujeres siempre me habían considerado serio y de firmes decisiones, alegre e imprudente, sincero pero muy formal, descuidado muchas veces y despreocupado, pero eso si muy entrado en detalles para cuando una mujer se me abalanzaba para conquistarme con su dulzura. Ella era todo eso a la vez, y algo más, si ella se lo proponía. Sus largas piernas me sujetaban firmemente contra su cuerpo, la doctorcita leía y se movía mientras me sujetaba de sus caderas; la doctora, su tango y yo.
- “Por el geométrico y bizarro ajedrez,/ Por la tortuga de Zenón y el mapa de Royce,/ Por el olor medicinal de los eucalipto,/ Por el lenguaje, que puede simular la sabiduría,/ Por el olvido, que anula o modifica el pasado,/ Por la costumbre, /Que nos repite y nos confirma como un espejo,”
Recordaba ahora que la tenue luz dibujaba su desnudez, lo suficiente para que pudiera leer mientras yo la contemplaba divino; todo aquél tiempo consumido y desperdiciado en tantas malas mujeres de esta urbe inmunda, y no la comparé porque sería degradar el momento apreciado, deduje entonces que si ya tenía “la bolsa”, conseguida por el bienestar del acobijamiento de una ciudad luz en la lejana Europa, entonces haber estado bien con ella así amarrado en carnes por el resto del tiempo que nos quedara en este mundo terrenal, desnudos las veinticuatro horas del día amándonos sin reparo, copulados hasta el paroxismo en que nuestras venas revienten de amor. O simplemente tomando un café exprés en la terraza del Trocadero, o acariciándole los prominentes muslos por debajo de la mesita en el Café La Choppe, mientras nos atendía el mozo.
Escalé con mi lengua sus rosados senos que se mantenían levantadas y rígidas cual montañas del oriente persa, ya no podía a esas alturas sujetar el libro que por tercera vez se le escapa de las manos, a duras penas leer los versos de memoria, en susurros discretos me ordenó que bajara por su vientre y bebiera de la fuente de la vida, del cáliz de vida, la fuente que guardaba el brebaje oculto entre sus pliegues pinks, que esa noche desvelaba ante mi estupor fresco; era un hombre bohemio consuetudinario con pasión de comerse todos los coños habidos y por haber, sin mediar raza o credo. Y en esa actitud media bohemia, me equivoque cuando quise poner a tientas, un casete de música clásica mientras me chupaba la nervuda verga, y le puse la cinta de una antigua amiga de correspondencias aéreas; Valeria, cuando me grabó sus vivencias eróticas, -¡Deja ahí!- me imploraste con interés y excitada aun por la curiosidad. Pero en pleno éxtasis, mi amiga de cartas se le ocurre hacer un comentario de lo menos oportuno en aquella grabación, que se nos vino un coito interruptus al cagarnos de la risa, por la graciosa forma en que se expresó la divertida y ocurrente Valeria. Pero, aun así, Gabriella me cogió la picha muerta de risa, y se la metió a la boca lamiéndola como se lame un helado de coco con almendras. Y la cinta que seguía sonando por la grabadora. Y ella, besando el prepucio y los contornos de mi macizo miembro, se acordó de los versos, cuando le llené la boca con la espumosa leche tibia, que emanaba del capullo que golosa seguía succionando y que ella linda, bebió hasta la saciedad.
- “Por la mañana, que nos depara la ilusión de un principio,/ Por la noche, su tiniebla y su astronomía,/ Por el valor y la felicidad de los otros,/ Por la patria, sentida en los jazmines/ O en una vieja espada,/ Por Whitman y Francisco de Asís, que ya escribieron el poema,/ Por el hecho de que el poema es inagotable/ Y se confunde con la suma de las criaturas/ Y no llegará jamás al último verso/ Y varía según los hombres”·
Ella estuvo asombrada desde el principio hasta el final, santiguando el ambiente con su sudor, empapada con mis corridas consecutivas que trataban de igualarla en aquel combate singular. Gabriella Elizabeth, ¿Cuántos en tus clases de Derecho aéreo comercial en la San Marcos habrían estado volando en la imaginación onanistica con solo verte sentada escuchando las clases, al cruzar las piernas como sólo tú sabías hacerlo?. Las posibilidades y probabilidades de retenerte a mi lado eran remotas, pues la forma como te saciabas y relamías mis testículos y acariciabas con la punta de tu tibia lengua el miembro rojo, me hacía pensar que eras del mundo, que pertenecías a lo terrenal, pero no importaba ya; sería su esclavo. - ¿Quieres que siga leyendo los versos, o te sigo mamando la polla? – Te atreviste insinuante a preguntarme, no te respondí cuando te vi guiñarme el ojo, mientras comenzabas una vez más con el fellatio dulce y reconfortante, - Pero, mejor lees – Le dije no porque ya no podía continuar con el miembro turgente como su clítoris, sino porque le temía a que me mordiera el caramelo hinchado que tenía dentro de su boca, y además porque hablar con la boca llena es de mala educación. Y ella obediente reinicio la lectura, mientras con sus diestras manos me masturbaba con infinita locura:
- “Por France Haslam, que pidió perdón a sus hijos/ Por morir tan despacio,/Por los minutos que preceden al sueño,/ Por el sueño y la muerte,/Esos dos tesoros ocultos,/Por los íntimos dones que no enumero,/Por la música, misteriosa forma del tiempo.”
No fue la majestuosidad de sus manos, la imponente belleza de sus dedos moviéndose y friccionando mi erecto pene, lo que hizo que me corriera en un estallido portentoso, no. Fue oírla pronunciar los versos, el epígrafe, el orgasmo infinito, las campanadas de la Obertura 1812 de Tjajkovskij, la expulsión del liquido lechoso que cayó sobre el rostro de Gabriella Elizabeth, quien en medio de mi venida herculeana, descubrió mi talón de Aquiles al acariciarme con sus largas y bien cuidadas uñas la base de las peludas pelotas descargadas de todo efluvio balsámico que en ese instante le chorreaba por el rostro del cual ella sedienta relamía por entre las comisuras de sus labios el néctar de la pasión. Desfallecidos por el placer que me proporcionaba al sentir sus uñas recorres la inmensidad de mis porongos, pedí clemencia porque ya no podía mas, el poema había llegado a su fin, también. Nuestros corazones se llenaron de sangre que se volvía chocolate y un beso aterciopelado fue la rúbrica silenciosa.

Y los días que se fueron flotando con la cotidianidad, dejando de lado nuestras tardes que se convirtieron en prolongadas noches de fogosa entrega entre Gabriella Elizabeth y los versos de Borges, ya la sombra de la incertidumbre y la bruma ajena se nos vino a posar sobre el mismo ambiente que tantas veces antes había servido para grabar nuestra pasión incólume y desmedida. Llegando justo en el momento que jamás imaginé se presentaría, en el instante menos preciso y de la forma más ridícula, un día, ella llegó a casa temprano tras la postergada práctica con sus compañeros estudiantes en el palacio de Justicia.
-¿Qué te sucede? – Pregunté extrañado cuando la vi entrar pálida y evasiva.
-Tengo que decirte algo, cariño mío – Me respondiste sin mirarme a los ojos.
Traté de acertar con tu denotada preocupación de aquella tarde, - No me digas, ¿Estas embarazada?.
-¡No, cariño!
-Entonces, ¿Qué puede ser peor que eso?- Me miraste a los ojos y esta vez palidecí yo.
-¡Hay Gabriellita! Te dije que hoy no quiero torturas ni masoquismo! No al menos los jueves – Esto lo deduje ya que a ella se le notaba que estaba con ligero pues llevaba medias negras de nylon y calzaba los tacones altos que solía ponerse cuando se iba al palacio de Justicia y al regresar me quería sorprender con nuestros juegos sexuales que solíamos tener los jueves. Pero, ella ruborizada negó la probabilidad de su apetencia. Había algo más que eso en la preocupación de su tono de voz, tras el silencio frustrado, volví a interrogarla en un momento de pavor. Pensé en su devoción por nuestro compromiso de vivir juntos y la entera pasión que había en ello. -¡Y nuestro amor divino! ¿No que lo era? Le argumente insípido ante la evidencia.
-¡Eres casada! Y me lo tenias en secreto todo este tiempo o… ¿Seguro tu marido ya regreso de viaje?
-¿? –
Y ella que se empezaba a morderse las uñas tan bien cuidadas y a mover su pierna izquierda, con ese clásico tick nervioso que desvelaste debido a tu timidez en plenas sesiones de literatura argentina, cuando te paraste frente de la clase para leer por vez primera los versos benditos.
-Nada de eso cariño mío. Quiero decirte porque no deseo que pienses nada mal de mí.- Esta vez el nervioso era yo.
-Ya sé, no me digas; ¿Tienes un novio oficial y nunca me lo mencionaste? Ya empezábamos a desesperarnos ambos, se me agotaba la felicidad también.
-¿Puedes dejar que te explique, cielo mío? – Me senté, porque ahora a mi me comenzaba a temblar las piernas.
-Te soy fiel, papito lindo.- Ahora el intransigente era yo, no fue necesario tener valor para decirle, que ya lo sabía, acaso era con el amigo ese aquel que siempre te recogía de la universidad, ¿o no?, a lo mejor era con el morocho ese catedrático de la facultad, un triste abogado de pacotilla, ¿de donde era? ¿De la San Martin creo que me dijiste?- Bizcochito mío, tu bien sabes lo mucho que te amo, sólo te amo a ti, con él es diferente, sólo…..solo…. hubo un silencio cómplice… -¿Solo hay qué? – Y no me digas bizcochito, quise agregar, pero la vi tan infantil en medio de su fatalidad.
Por supuesto que me amabas a mí, y al otro… ¿Qué? – Mira, querido mío, yo siempre te voy a tener presente, lo que pasa es que es por mis estudios profesionales – Desde cuando el amor tenía que involucrarse con los estudios Universitarios, habiendo de por medio el futuro de nuestra entera dicha.
-Es que el decano, me ha prometido llevarme a trabajar a su estudio en el Palacio de Justicia y empezar a tener un sueldo y trabajo estable, desde ahora; y además lo nuestro es sexo – Querrás decir lo “suyo” de ustedes, ya me había lanzado la mortal bomba. Le deje que terminara de explicarme, me quería desmayar de amor corrupto, allí delante de ella, como para que le duela. Pero, ella siguió firme defendiendo su argumento pueril.
-Siempre pensaré en ti, además su “cosa” no me gusta, el tuyo es más bonito y gordito como un muñeco de goma de azúcar - ¡claro!- Y encima la sinceridad fulminante de ella, que me decía sin tapujos que ya se la había mamado al desgraciado decano de su facultad. Para eso están esos viejos verdes abogados, ven una bella mujer con ganas de superarse y formarse una vida segura y ellos allí aparecen como lobos hambrientos, mascullé. Me controlé, porque siempre sabía dominar mis emociones cuando se veían pisoteadas, era algo a lo que ya me había acostumbrado; sólo le pregunté sin querer otorgar ningún favor ni beneficio de perdón. –Pero, ¿Cómo no era yo el que te hacía correrte miles de veces en una sola arremetida, con mi….cómo fue que dijiste, muñeco de mazapán, creo?- Yo que te había desvelado los sabores dulces del placer, ella que contentísima y golosa perfecciono el succionar del instrumento de su felicidad, hasta dejarlo seco y medio muerto de satisfacción. Si, al menos fuiste sincera, pero ya era notoria tu traición, yo seguía sin entender nada o al menos me resignaba a no querer comprender todo lo que me habías revelado con tu sinceridad desastrosa esa tarde.
Y quien iba a imaginar que en esa misma noche abortada, minutos más tarde apareció en mi dormitorio, desnuda con una tranquila valentía y la certeza del poder de su carne que no le borraron los severos chupetes que marcaban su infidelidad sobre su vientre, pubis y pierna izquierda, sobre el torso de su muslo, la zona más encantadora que yo tanto apetecía y no pude, créemelo perdonártelo. Tu, empezabas a venir oliendo a otro hombre, marcada en expedientes guardados en polvorientos escritorios, folios amarillentos, documentos traspapelados, el polvo de la madera vieja que se adhería sobre tu piel revolcada en antiguas casonas apolilladas, como tu conciencia y me decías que yo tenía la culpa de tu interés desmedido por el sexo, como para justificarte de tu actitud incondicional. -¿Cómo? ¿Acaso no era sólo para conseguir una plaza en el poder judicial, ò ya se la estabas mamando a toda la Fiscalía?
Me quisiste recitar el poema “Browning resuelve ser poeta” y en ese instante yo sólo quería resolver el no aborrecerte sin escarnio. - ¿Qué sucedió entre nosotros?- Acaso nuestros pecados inminentes tenían que ser compartidos con un tercero. –Es que no hay un tercero; nene, simplemente que ya le había prometido a mi decano que sería suya en su despacho, hasta que su esposa retornara del Brasil, para evitar que su esposa se dé cuenta del acto. Con la mirada buscabas el libro de poemas de Borges, mientras te quitabas la bata de seda astutamente y muy lentamente la braga de encaje negro, te quedaste en portaligas y las medias que dibujaban tus muslos a la perfección, con esos zapatos de charol de tacones alto que bien juraste los usabas solo para excitarme la conciencia. Y con ese cuerpo monumental desvelado, te plantaste sugestivamente con el libro abierto también, a quererme leer el poema que habías seleccionado con tanto ahincó, como si nada de todos esos acontecimientos me los hubieses revelado con esa sinceridad tan peculiar en ti.
-“Por estos rojos laberintos de Londres/ descubro que he elegido/ la más curiosa de las profesiones humanas,/ salvo que todas, a su modo, lo son.”
Y ahora, ¿Quién podía poner pare a su sensualidad? Querías que te acariciara el clítoris, que pellizcara tus tiesos pezones que se erguían como lanzas con mortal veneno de amor. Pero, no me deje llevar esta vez por la desmedida belleza de tu desnudes y por la exquisita entonación en tu timbre de voz adormilada, ni mucho menos por tus anchas caderas de amazona y tus frescos hombros de quinceañera o peor aún por el perfume encantado que emanaba de tu pubis dorado.
-“Como los alquimistas/ que buscaron la piedra filosofal/ en el azogue furtivo,/ haré que las comunes palabras / naipes marcados del tahúr, moneda de la plebe / rindan la magia que fue suya”

Ya todo estaba dado, incluyendo el crimen perfecto que habías cometido contra mis emociones, pues todo lo que imaginé no fue más que meras especulaciones confirmadas, una vez más pude darme cuenta que todas las mujeres al final son una misma; y que Gabriella Elizabeth era todas ellas personificada.
Huí lejos del departamento, salí sin llevar nada consigo, sólo quise escapar de la vida, hasta que no pudiera oír más su melodiosa voz y caer redimido ante la tentación de su tango que solíamos bailar entre sábanas, de esa forma tan perturbadora mientras leía a Borges. Quería que el mundo se ausentará por un largo silencio para que me ayudase a comprender mi equivoco proceder, solo, una idea firme latía dentro de mi; vagaría de seguro hacia el sur, en busca esta vez de la brevedad eterna.